Santiago · La fe que actúaÍndice

La Epístola de Santiago · La fe que actúa

Capítulo V

Santiago 5:1–20

Contenido del capítulo

5:1–6

“Ay de vosotros, ricos” (Lc. 6:24)

¿Acaso Dios tiene algo en contra de los ricos? Pero Abraham era un hombre rico, y sin embargo un amigo de Dios; y Job era rico, y aún así un hijo de Dios. Jesús se hizo servir por mujeres ricas, y en su muerte estaba con los ricos. Aunque también ha dicho que para un rico es muy difícil entrar en el Reino de Dios. El joven rico no pudo, tenía demasiado apego a sus posesiones. No obstante, Jesús lo amó (Mr. 10:17 – 27).

También Pablo ha señalado el gran peligro de la riqueza (1 Ti. 6). No hemos traído nada al nacer, y no podemos llevarnos nada al morir. Teniendo sustento y abrigo, tenemos que estar satisfechos. Los que quieren ser ricos, caen en tentación, según Pablo. Y con esta palabra ‘tentación’ nos acordamos de lo que ha dicho Santiago en el primer capítulo de su Epístola acerca de la tentación y la prueba. Está claro que Santiago no pierde el hilo de su Epístola, aunque al leer, a veces nos da la impresión que salta de una

pág. 49

cosa a otra. En su capítulo final nos muestra cómo los ricos caen en muchas tentaciones (vv. 1–6), y dónde se halla la tentación para los pobres (vv. 7–11).

Pero antes escuchemos un poco más a Pablo: “Los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas que hunden a los hombres en destrucción y perdición, porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe y fueron atormentados con muchos dolores”. Y manda a Timoteo lo siguiente: “A los ricos de este mundo manda que no sean altivos ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia, para que las disfrutemos. ¡Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos y generosos! De este modo atesorarán para sí buen fundamento para el futuro, y alcanzarán la vida eterna” (1 Ti. 6:7–10; 17–19).

Leemos en la Epístola de Santiago cosas muy parecidas sobre la riqueza, en el mismo espíritu en que habla Pablo, y también vemos de nuevo una estrecha relación con el libro de Proverbios. ¡Hay una gran cantidad de proverbios dedicados a la relación entre ricos y pobres! Aquí siguen algunos ejemplos:

“El pobre habla con ruegos; el rico responde con dureza.” (18:23) “Las riquezas atraen muchos amigos, pero el pobre, hasta su amigo es apartado.” (19:4) “El pobre y el usurero tienen en común que Jehová alumbra los ojos de ambos.” (29:13) También escuchamos en la Epístola de Santiago otra vez ecos del Sermón del Monte: “Pero ¡ay de vosotros, ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo” (Lc. 6:24), y ¿quién no piensa en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro? (Lc. 16:19 – 31); y luego también en lo que Jesús nos enseña sobre el verdadero tesoro:

“No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho destruyen y donde ladrones entran y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el moho destruyen, y donde ladrones no entran ni hurtan, porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt. 6: 19 – 21).

Evidentemente, el “ay de vosotros” no se aplica a todos los ricos, como tampoco la bienaventuranza de Mateo 5:3 es aplicable a todos los pobres. Decisivo es cómo uno se ha enriquecido, y qué es lo que hace con sus riquezas. Pablo señala claramente que Dios da a los ricos lo que tienen, pero para utilizarlo, y no para acumularlo; precisamente los ricos tienen muchas posibilidades para ser generosos y dadivosos, haciendo bien. ¡Lo más bonito que se puede decir de los ricos, es que son ricos en buenas obras! (1 Ti. 6:17,18).

¡Pero en las congregaciones a las cuales Santiago escribe, hay por lo visto ricos muy distintos que llevan la voz cantante! No debemos generalizar su sermón de penitencia en contra de los ricos, porque va dirigida sobre todo a un tipo de ricos muy especial. Menos mal que también hay otros, como Job, y José de Arimatea y tantos otros.

En el capítulo 2 ya se ha dicho que los ricos, de quienes y en contra de quienes habla esta Epístola continuamente, formaban parte del círculo de lectores, o sea, de las congregaciones,

por muy improbable que parezca que estas situaciones desproporcionadas entre ricos y pobres se produjesen en la congregación. Pero basta leer algo sobre la historia de la Iglesia para ver que no solamente llama la atención hacia desviaciones en la doctrina, sino también hacia vidas desviadas de forma vergonzosa.

pág. 50

Se ha querido situar a los ricos del capítulo 5 fuera de la congregación, porque no serían ellos, sino los pobres oprimidos en el v. 7, quienes son llamados “hermanos”. Pero entonces no se fijan en que Santiago se dirige a los ricos en 2:5 como “hermanos míos amados”, ya que en el v. 6 les recrimina que hayan tratado mal a los pobres, e incluso los hayan arrastrado a los tribunales.

¡Precisamente por eso Santiago se dirige a ellos en el capítulo 5 en un tono tan áspero! ¡Porque forman parte de la congregación! Profetas como Isaías (por ejemplo 10:2) y Amós (por ejemplo 4:1) son también muy duros con los ricos por su mala conducta en medio del pueblo del Pacto del Señor. Porque forman parte, ¡eso hace su pecado mayor!

¿Qué es lo que los ricos de Santiago 5 hacen mal? Tres cosas: económicamente, acumulan su dinero (5:2,3) socialmente, tratan mal a sus obreros (5:4) religiosamente, hacen todo esto, ¡cuando son los últimos días! (5:3) Se comportan como si no tuviesen que rendir cuenta de la manera en que han adquirido sus riquezas y cómo las manejan, ante el Juez que está delante de la puerta (vv. 7–9).

“Los días finales” son los días, los tiempos, entre la Ascensión de Cristo y su segunda venida (véase por ejemplo Hechos 2:17). Nadie sabe cómo de largo o corto será ese tiempo. Aunque posiblemente los primeros cristianos esperaron la venida del Señor mucho antes, eso no quita que ellos, tanto como nosotros, vivían en los días finales.

Lo importante para Santiago aquí es que sabiendo por medio de la fe que vivimos en los últimos tiempos, esto lo relativiza todo. Adversidad y prosperidad, riqueza y pobreza pierden su importancia a la luz del Fin que se acerca. Lo que hoy nos hace sentir ricos (¡y para eso no hace falta mucho dinero!), lo podemos perder en cualquier momento. Santiago ya aludió a ello, cuando hablaba de una vana planificación (4:13 – 17). En todo lo que emprendemos, tenemos que tener en cuenta que: si el Señor quiere, viviremos y haremos esto y lo otro. “El tiempo es corto, la apariencia de este mundo es pasajera; que sean, pues, los que compran, como si no poseyeran” (1 Co. 7:29–31).

¡Santiago ve a los ricos a la luz del día del Juicio venidero! ¿Y qué aspecto tienen sus ropas de lujo? ¡Están comidas de polilla! ¿Y qué tal su oro y plata? ¡Enmohecido!

Y el moho testificará contra ellos. ¿Por qué? Porque se enmohece lo que no se utiliza bien y de forma continuada, lo que no pasa por las manos y no está circulando a diario. Los ricos a quien Santiago se refiere, han retirado su dinero de la circulación, lo tienen amontonado para sí mismos. ¡Por eso vendrá un día en que el moho testificará contra ellos!

A causa del testimonio agravante del moho, también su carne va a verse afectada, por el fuego. El siervo del dios de las riquezas, perecerá en el fuego del Juicio de Dios, junto con su ídolo. Ése es el destino de todos aquellos (y no son solamente paganos) que sirven a los ídolos: perecerán juntamente con los dioses a los que se aferraban hasta el último momento, y en los que habían puesto toda su esperanza, vv. 2-3.

Uno vive en un peligroso mundo de sueños, si empieza a acumular riquezas en los días finales (v. 3). Si se ríe, cuando hay que llorar, y se ensoberbece, cuando ya es hora de humillarse ante Dios (4:9,10). ¡Conozca su tiempo! Una gran injusticia social que clama al cielo: ¡los ricos retienen el jornal de los obreros

que segaron sus campos! Esto no pasa desapercibido para el Señor. El clamor

pág. 51

de los oprimidos llega a los oídos del Señor de los ejércitos (Sabaot).18 Con este nombre llaman a Dios cuando se trata de su omnipotencia. ¡Él interviene! No deja que opriman a sus pobres hijos. Tarde o temprano los opresores lo experimentarán. ¿No salió el Señor ya a la defensa de los que carecían de derechos en las leyes que dio a Moisés?

“No oprimirás a tu prójimo ni le robarás. No retendrás el salario del jornalero en tu casa hasta la mañana siguiente” (Lv. 19:13).

“No explotarás al jornalero pobre y necesitado,…En su día le darás su jornal y no se pondrá el sol sin dárselo; pues es pobre, y con él sustenta su vida. Así no clamará contra ti a Jehová, y no serás responsable de pecado” (Dt. 24:14,15).

Moisés termina este capítulo de Deuteronomio diciendo: “Acuérdate que fuiste siervo en Egipto. Por tanto, yo te mando que hagas esto” (Dt. 24:22). Los derechos de esclavos y jornaleros por un lado, y las obligaciones de los amos en Israel por otro lado, tenían su fundamento en la liberación por gracia de la casa de servidumbre, que era Egipto. Por lo que son derechos y obligaciones del Pacto, registradas por Dios en su libro del Pacto.

Por eso es vinculante para todos en Santiago 5, ricos y pobres, ya que todos proceden del antiguo pueblo del Pacto. ¡Pero el nuevo pueblo del Pacto, la Iglesia de Cristo, no debe pensar que está exenta de tales disposiciones del Dios del Pacto! ¡El Señor de Sabaot pedirá cuentas!

Se hará evidente que los que en la tierra vivieron rodeados de lujo a costa de los pobres, han engordado su corazón como en día de matanza. ¡Sufren de “esclerosis del corazón”! Hacen caso omiso de Dios y de su prójimo, igual que el hombre rico de la parábola de Jesús. Engordados como cerdos para el día de la matanza. Esa forma de hablar de Santiago no es que digamos muy refinada, y nos recuerda el lenguaje rudo de Amós.

¿Pero, no hay razón para ello? ¡Han condenado al justo, le han asesinado! El justo es aquel hombre absuelto por Dios, libre de toda culpa, ¡y atentan contra él, el preferido de Dios! Y no opone resistencia (v. 6). Nadie protesta. La justicia tropieza en las calles de… “Jerusalén”. Eso es lo peor. No es de extrañar que Santiago ponga como un profeta el grito en el cielo. Sin temor a nadie, sin dar coba a nadie (véase una vez más el capítulo 2), denuncia los terribles pecados que hay en las congregaciones. Hay que cortar por lo sano, de lo contrario empeorarán las cosas. Santiago ha aprendido de su Hermano Jesús, el médico divino, que sólo el cuchillo afilado de dos filos, que es la Palabra de Dios, puede cortar en la carne corrompida y salvar el cuerpo, el cuerpo de Cristo, la Iglesia.

5:7–11

¡Paciencia, hermanos!

¡Cuán pastoral y cariñoso suena ahora la voz de Santiago, después del ardor profético que encendió sus palabras justo antes! Hasta tres veces repite aquí: “hermanos”. Seguro que, siendo oprimidos, tienen necesidad de que les llame y anime así. Vemos aquí la otra cara de la sección anterior, que iba en contra de los ricos injustos. Las dos secciones están unidas por las palabras “por tanto”. “Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor” (v. 7). La misma conexión encontramos en Amós 5:12 y 13: “sé que afligís al justo, recibís cohecho y en los tribunales hacéis perder su causa a los pobres. Por tanto, el prudente en tal tiempo calla, porque el tiempo es malo”.

pág. 52

En la congregación y en la predicación no tenemos elección entre protestar de forma vehemente contra la injusticia reinante, o animar a tener paciencia a los oprimidos. Ambas reacciones salen de la boca de Santiago, y para ambas tiene que haber un lugar en la comunidad cristiana. Sin hacer oír la protesta profética contra la injusticia, animar a tener paciencia suena inverosímil.

Santiago insta a los oprimidos a “tener paciencia”, a sufrir. La palabra griega (makrothumeoo, empleada cuatro veces en los vv. 7, 8, y 10) significa realmente: contener la ira, saber dominarse. Pues así eres más fuerte que el conquistador de una ciudad, leemos en Proverbios 16:32. ¡Obviamente, sufrir no es ninguna señal de debilidad, al contrario, es señal de fuerza! De la fuerza de nuestra fe, si tenemos paciencia hasta la venida del Señor. Porque entonces no nos conformamos pasivamente con las cosas, sino nos extendemos activamente, en fe, al Día del Señor; pues Él hará justicia. La impaciencia precisamente es señal de debilidad y falta de fe y confianza, porque no podemos esperar hasta la venida del Juez; nosotros mismos intervenimos y buscamos nuestra justicia. En el marco del Reino de Dios que se acerca, nuestro sufrir y esperar en fe no tiene nada de resignación pasiva, sino todo de una preparación activa para el Día que viene.

A los obreros oprimidos se les pone su propia labor en el campo como ejemplo: “Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana (octubre o noviembre), y la tardía (marzo o abril)”. Sería descabellado esperar el fruto antes. ¡Y el labrador tampoco puede hacer venir la lluvia! Está en su poder retener el jornal de sus obreros, pero no puede hacer nada cuando Dios retiene la lluvia.

“Tened también vosotros paciencia”, dice Santiago, “afirmad vuestros corazones, porque la venida del Señor se acerca” (5:8). En realidad dice: “se ha acercado”. Esto precisamente es lo que puede afirmar nuestros corazones. El Juez celestial se encamina al Juicio final, mientras está obrando por medio de juicios y castigos que afectan al mundo entero (¡véase el último libro de la Biblia!).

Por lo visto los lectores de la Epístola de Santiago están viviendo un tiempo de prueba. El encabezamiento de la Epístola ya apuntaba a estas circunstancias (1:2–4). Es muy fácil que surjan disputas en el círculo de los oprimidos. Empiezan a quejarse y a renegar. A causa de la tensión, se vuelven nerviosos e injustos en el trato con los demás. ¡Cuántas veces no ha murmurado Israel en el desierto!, injusta e impacientemente, contra el Señor, contra Moisés, y unos contra otros. Hermanos, no suspiréis, no protestéis, no os quejéis, no reneguéis, - porque si no, también vosotros corréis el riesgo de ser condenados (v. 9)-. Bajo el juicio de Dios no hay acepción de personas (Stg. 2): Él juzga tanto a los oprimidos como a los opresores. Sólo hay que leer cualquier historia fidedigna sobre las condiciones en los campos de concentración del nazismo, para saber contra qué previene Santiago aquí. La falta de amor no se hallaba solamente entre los opresores, sino también entre los oprimidos. ¡Tengamos presente que el Señor está delante de la puerta! Esto no pretende ser tanto una amenaza, sino más bien un estímulo: se puede aguantar todavía, ya que el Fin está cerca.

“Hermanos míos, tomad como ejemplo de aflicción y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor. Nosotros tenemos por bienaventurados a los que sufren” (vv. 10-11). La traducción por “sufrimiento” de la Biblia Textual, es mejor que “aflicción” en la Reina Valera 1995. “Sufrimiento” refleja mejor el significado de la palabra griega kakopatheia, y es más apropiada en el contexto de la frase. Los profetas que hablaron en nombre del Señor no sólo experimentaron aflicción o pena a causa de ello, sino que sufrieron realmente mucha violencia; pensad en Jeremías (Jer. 38), al que metieron en la cárcel, igual que a Juan el Bautista; pensad en Elías y Amós, que fueron

pág. 53

perseguidos y tuvieron que huir. Pero, tenemos por bienaventurados a los que sufren, o a los que se mantuvieron firmes (Biblia Textual). En realidad significa la palabra griega hypomeinantes: (a los que) “continuaron firmes bajo” (el peso de la adversidad). No abandonaron su cometido, no se dieron por vencidos, y aunque un hombre como Elías lo tuvo muy difícil, se mantuvieron firmes, cumpliendo su cometido.

Si los lectores de la Epístola de Santiago, judíos de nacimiento y educados como tales, aprendieron a llamar bienaventurados a los profetas de antaño, entonces ahora tienen que seguir su ejemplo.

Como ejemplo de estas personas ejemplares menciona Santiago finalmente a Job. ¡Seguro que han oído hablar de la perseverancia de Job! ¡Cómo ese hombre, en su condición de hijo de Dios, ha sido tentado por el diablo y probado por Dios! (Véase otra vez la relación con 1:2–4 y 12–15) Pero: “habéis visto el fin que le dio el Señor, porque el Señor es muy misericordioso y compasivo” (5:11).19

¿Es Job realmente un buen ejemplo? ¿Acaso no maldijo el día en que nació? ¿Y no defendió su derecho frente a sus amigos? ¿Y no mantuvo una disputa con Dios? ¡Pero, se muestra precisamente en esto que no ha soltado a su Dios! Prefirió perseverar en el enigma de su sufrimiento, antes que seguir el camino de las explicaciones baratas de sus amigos. Prefirió luchar con Dios y los hombres, antes que dejarse tentar para hablar de forma insincera de sí mismo y ser injusto para con Dios. En medio de la dura tentación, el ojo de Job estaba fijo en su Juez y Salvador celestial.

Y cuando nos fijamos en el fin del calvario de Job, – igual que un quejica como Asaf también tuvo que aprender a fijarse en el fin (Sal. 73:17) –, entonces vemos cuán rico en misericordia y compasión es el Señor, cuando hace justicia a su siervo e hijo Job delante de Satanás y delante de sus adversarios.

¡Fijaos en el fin! ¡Esperad la venida del Señor con paciencia! ¡El Juez está delante de la puerta! ¡Fijaos!, pobres y oprimidos, ¡ahí viene un Dios rico!, con su corazón y sus manos colmados de misericordia y compasión para con vosotros.

5:12–13

Apelación a Dios

Es de suponer que Santiago se dirige a los oprimidos, cuando dice encarecidamente que no juren en absoluto, “ni por el cielo ni por la tierra ni por ningún otro juramento” (v. 12). Ocurre fácilmente que, bajo la presión de un trato injusto, utilicen la queja contra los demás para desahogarse (vv. 7–11), pero también que tomen el nombre de Dios en vano, sobre todo cuando juran en vano.

Su rechazo del juramento es, palabra por palabra, casi idéntico al de Jesús en el Sermón del Monte (Mt. 5:33–37). Para un buen entendimiento hay que conocer algo más de la práctica del juramento en Israel en tiempos de Jesús y Santiago. Habían ingeniado una manera para no nombrar a Dios en el juramento, pero juraban por el cielo, o por la tierra. Eso era más prudente, porque así no podían ser acusados de tomar el nombre del Señor en vano. ¡Como si el cielo y la tierra no tuviesen nada que ver con Dios! ¿No es el cielo su trono y la tierra el estrado de sus pies (Is. 66:1; Mt.23:20 – 22)? ¿Hay acaso algún lugar o algún momento en que un hombre no se encuentre con sus juramentos en la santa presencia de Dios?

Santiago piensa aquí sobre todo en el abuso del juramento dentro de la congregación, y no en el uso legítimo del juramento que fortalece la justicia, ante el juez, en el servicio militar y en el servicio al Estado como cargo público. No obstante, en la congregación el juramento no tiene razón de ser. En las situaciones ya mencionadas, el juramento todavía es necesario por la influencia y el poder que ejerce allí en muchos sentidos el príncipe de este mundo, que es el padre de la mentira. Pero en

pág. 54

la congregación es donde reina Cristo, donde todos juntos confesamos el Nombre de aquél que ha dicho: “Yo soy la verdad” (Jn. 14:6); por lo que en la congregación nuestro “sí” tiene que ser sí, y nuestro “no”, no. Y todo lo que sobrepase esto, es cosa del maligno. Para creyentes no hay ninguna línea de separación, entre un terreno donde se impone el nombre de Dios, y otro donde su nombre no tiene validez. A lo largo de toda su Epístola, Santiago ha luchado contra una separación y división fatal de la vida cristiana, y también lo hace en estos versículos. ¡En particular cuando usamos nuestra lengua (3:1–12) tenemos que ser conscientes en todo momento que estamos en la presencia de Dios!

Pero se halla un gran consuelo en saber que te encuentras en la presencia de Dios. Por eso, Santiago señala un camino mejor a los oprimidos y angustiados: el camino de la apelación a Dios, ¡el camino de la oración! ¡Podemos acercarnos libremente al trono de la gracia y de las oraciones (He. 4:16)! No tenemos que quejarnos unos a otros, sino llevar nuestros suspiros ante el Señor. No tenemos que jurar por el trono de Dios, sino levantar la mano con reverencia al trono del Señor.20 Eso es lo que ayuda. Eso es lo que aligera el corazón apesadumbrado y ensancha la mente apurada. Orar, y en todo estar alegre y cantar alabanzas (v. 13).

“El Señor está cerca. Por nada estéis angustiados, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Fil. 4:6,7).

¿Es posible, eso de “con acción de gracias”? ¿No será mejor esperar a que hayan cambiado nuestras circunstancias? ¡Pero Pablo y Silas, a medianoche en la cárcel, oraban y cantaban himnos a Dios (Hch. 16:25)! Para cantar alabanzas a Dios, ¡no esperaron a que se abrieran las puertas de la cárcel!

5:13–18

El poder de la oración

Santiago continúa con el tema de la oración. Es un tema que le llega al alma y a lo que vuelve una y otra vez en esta Epístola (1:5–8; 4:2-3; 5:13–18), como también su Maestro tiene pasajes importantes sobre la oración en el Sermón del Monte (Mt. 6:5 – 15 y 7:7–12).

Un tipo de oración especialmente hermoso es la oración de intercesión. Es una expresión de la relación triangular que se da en el Pacto: amar a Dios sobre todas las cosas (el vértice superior), y a tu prójimo como a ti mismo (los dos vértices de la base del triángulo). El creyente que ora, nunca está solo ante Dios en la oración, siempre está acompañado por su prójimo. El Señor hace siempre está pregunta: Caín, ¿dónde está tu hermano Abel?

Santiago saca a colación la oración de intercesión por los enfermos en la congregación. Si hay alguien gravemente enfermo, pueden llamar a los ancianos de la iglesia para que oren “sobre” el. La traducción española de la palabra griega “epi” dice “por”, aunque epi significa en primer lugar “en dirección a”. Y desde luego, esa oración es en beneficio del enfermo, pero traduciéndolo “sobre” indica una situación en que el enfermo esté tan mal, que los ancianos pronuncian una oración sobre su cuerpo debilitado y demacrado.

“Anciano” era en la sinagoga judía el título que daban a los dirigentes, y nosotros hemos tomado este mismo título para los que dirigen la congregación. El enfermo los puede llamar para que vengan, porque ¿para qué tendría que preocuparse

pág. 55

solo en su inquietud y necesidad? ¿No forma parte de una congregación que ora con y por él, y lo quiere hacer particularmente por medio de sus oficiales?

No se trata aquí de personas con dones especiales para la oración, pero quizás sí con el don de sanar por medio de la oración. Santiago dice simplemente “los ancianos”, que recibieron de Dios un oficio y servicio en la congregación. Oficio significa ser llamado por el Señor para servir a la congregación. A ellos, los oficiales de la iglesia, se les puede pedir que vengan.

¿Qué es lo que van hacer estos ancianos con el enfermo? Van a orar y ungirle con aceite en el nombre del Señor (v. 14). La oración va unida a una acción. El anciano hace dos cosas: abrir su corazón ante Dios y extender su mano al enfermo. Solemos utilizar muy poco las manos, mientras que con el corazón sí simpatizamos. ¡Pongamos, por un momento, la mano en la cabeza del enfermo! Consolándolo y bendiciéndolo, en el nombre del Señor. Igual como Jesús puso las manos sobre los niños y los bendijo (Mt. 19:13–15). ¿No tenemos muchas veces un poco de miedo al contacto físico? ¿Por qué imponemos las manos para bendecir a los ministros en su ordenación?, y ¿por qué no lo hacemos en la ordenación de ancianos y diáconos?; ¿por qué se hace en la celebración del matrimonio?, ¿y no en la confirmación de nuevos miembros que acaban de hacer profesión pública de su fe? ¿Y por qué no lo hacemos con los enfermos? ¿No son ellos los que lo necesitan más que nadie?

El acto con el aceite de la unción indica que era un medio para mitigar dolor y sanar heridas (véase Is. 1:6 y Lc. 10:34). En Marcos 6:13 leemos también que los discípulos de Jesús ungían con aceite a los enfermos.21 Al parecer era una antigua tradición entre los rabinos.

Podemos recordar aquí también el uso de la unción en Israel en el caso de un llamamiento especial, como profeta, sacerdote y rey. En ello está comprendida la promesa de fuerza de lo alto y capacitación para cumplir el llamamiento. Podemos aplicar esto igualmente a los enfermos: el hombre tan débil en sí mismo es levantado y capacitado de nuevo por el Espíritu del Señor, para hacer aquello a lo que fue llamado (Hch. 10:38; 2 Co. 1:21,22).

Ungiendo a los enfermos con aceite se convierte, por así decirlo, en una oración visual: “que el Espíritu del Señor lo vuelva a levantar y capacite para su servicio”. ¡Cuán alentador para el enfermo! Él o ella, ¡siente como si fuesen la mano del Señor y el poder del Espíritu físicamente en su cuerpo!

La iglesia católico-romana ha basado el sacramento de la extremaunción en este pasaje. Lo que extraña bastante es que se haya convertido en un sacramento para moribundos, mientras que Santiago habla tan claro de que los enfermos se vuelvan a levantar.

Pero no solamente Roma, sino también el movimiento de la “sanidad por medio de la oración”, han encontrado en Santiago 5 fundamentos para su doctrina y práctica.

Con todo, hay que considerar lo siguiente con mucha atención: -Dios no ha entregado estos dones para que los tengamos a nuestra disposición, como un medicamento preparado para administrar; podemos poner la necesidad del enfermo en las manos de Dios por medio de la oración, pero nunca podemos disponer sobre las manos de Dios. -Santiago no evoca con sus palabras un gran acontecimiento público y sugestivo de sanidad, sino más bien un acto tranquilo, y con orden, en la habitación de un enfermo. -La oración no debe degenerar en el uso de la sugestión, manipulando así a las personas emocionalmente sensibles, como son muchos enfermos.

pág. 56

-La oración puede mucho, según Santiago, pero no todo (v.16), y solamente porque Dios la otorga fuerza de lo alto.

Santiago relaciona enfermedad con pecado (vv.15, 16), ¡pero no es una relación automática, que tiene que darse siempre en cada enfermedad y cada enfermo! Jesús advirtió contra eso cuando estaba a punto de sanar al ciego de nacimiento (Jn. 9). Cuando sus discípulos le preguntan: “¿Quién pecó, el hombre o sus padres, para que haya nacido ciego?”, contesta Jesús: “Ni éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él”, es decir, en el hecho de ser sanado por Jesús. Sin embargo, igual que en Marcos 2:10 y 11, con el paralítico que es sanado, la sanidad y el perdón son considerados como una sola revelación del poder de Dios para salvar. ¿Y quién quiere negar que los pecados sin confesar puedan impedir que una persona se sane o, en todo caso, que la oración por la curación sea paralizada? En el Salmo 32 David declara que estaba enfermo y angustiado mientras no confesaba su pecado: “Mientras callé se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día, porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano.” Y aquí viene: “Mi pecado te declaré y no encubrí mi iniquidad (por más tiempo). Dije: “confesaré mis rebeliones a Jehová”…. Y ve: “tú perdonaste la maldad de mi pecado.”

Que no siempre haya una relación entre una enfermedad en concreto y un pecado en concreto en la vida del enfermo, se deduce de las palabras prudentes con que Santiago se expresa (v. 15): “y si ha cometido pecados, le serán perdonados.” Desde luego, hay que pensar aquí otra vez en los ancianos, que hagan esto.

Por otra parte, el siguiente versículo está planteado de una forma tan general que de ello no se puede deducir la confesión y absolución por un “religioso”: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros y orad unos por otros, para que seáis sanados.” Con esto querrá decir: que si hemos pecado contra alguien, que se lo confesemos y que él nos libre de esa culpa, perdonándonos. La curación puede ser estimulada notablemente por semejante confesión de culpa y perdón recibido.

Siendo protestantes, no conocemos la confesión y absolución católico-romanas, y entre los católico-romanos están cayendo cada vez más en desuso. En sí, esto no tiene mucha importancia si fuesen sustituidos por la confesión mutua y perdonarse unos a otros. Para ello no dependemos de los “religiosos”, en la Iglesia de Cristo estamos asignados para ayudarnos los unos a los otros, y necesitamos los unos de los otros para el cuidado pastoral. Cierto, podemos confesar nuestros pecados directamente a Dios y ser asegurados de su perdón. Pero con razón señala Santiago también la posibilidad de confesar y perdonarnos mutuamente. Así sabemos que en el otro, nuestro hermano en la fe, está Cristo presente.

Cuando Santiago escribe que “la oración (eficaz) del justo puede mucho” (v. 16), se refiere con “justo” no a una persona superpiadosa, sino a ¡un hijo de Dios, que le escucha, que toma su Palabra en serio, y que le recuerda a Dios sus promesas! Elías era un justo así, y oraba así. ¡Oró para que no lloviera, y no llovió durante tres años y medio; y oró otra vez, y el cielo dio lluvia!

La oración de Elías por la lluvia (1 R. 18:41 ss.) nos es más conocida que su oración por la sequía. ¿Cómo pudo orar por semejante desastre? Leamos en este contexto Deuteronomio 28, ese capítulo tremendo sobre las bendiciones y maldiciones vinculadas al Pacto. Si Israel no escucha la voz del Señor y no procura cumplir todos sus mandamientos y estatutos, vendrán las siguientes maldiciones sobre el pueblo y lo alcanzarán (v. 15), entre las que figura la sequía (v. 22). Pues bien, Elías contempla todos los días las aberraciones tremendas de su pueblo, hasta incluso el culto de Baal, ¡y

pág. 57

al mismo tiempo están viviendo un período de gran prosperidad! Para Elías esto es irreconciliable, sobre todo por lo que dice Deuteronomio 28. Allí abre las Escrituras y en su oración urge al Señor, recordándole sus propias palabras: “Lo has dicho tú mismo Señor, aquí y allí… ¿cómo es posible entonces que tu pueblo disfruta de prosperidad, mientras sirven aparte de ti también al Baal, y pisan tus mandamientos?”

¡Así es la oración del justo! Los ojos abiertos a la situación real y concreta, teniendo la Biblia abierta, y presionando a Dios para que muestre que cumple su Palabra.

Pero cuando el pueblo del Pacto en el monte Carmelo, como un solo hombre, elige de nuevo seguir al Señor y al Señor sólo, - Elías vuelve a orar enseguida para que llueva, para recibir la bendición del Pacto, de nuevo, con Deuteronomio 28 abierto delante de él-.

¡Y el Señor cierra y abre el cielo en respuesta a la oración de fe de su siervo Elías, un justo!

También nosotros podemos ser tal justo, y semejante oración espera Dios también de nosotros. Santiago añade con énfasis que “Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras.” Un hombre con las mismas necesidades, preguntas, tentaciones y dudas muchas veces. Completamente sin razón han ensalzado a Elías hasta un nivel muy por encima de nuestras vidas ordinarias. No, dice Santiago, era una persona como tú y yo, un justo, alguien que ora, como nosotros podemos ser y hacer. Entonces pueden ocurrir grandes cosas; no por medio de nuestra oración, sino en respuesta a ello. Grandes cosas, porque se confiere poder a ello. Dios lo hace, pero Él espera nuestra oración. Él recurre a la oración de los justos. Las cosas no ocurren por medio y a causa de nuestras oraciones, pero tampoco sin ello. Esta relación entre nuestra oración y lo que hace Dios la vemos a lo largo de toda la Biblia. ¡El ejemplo más claro lo encontramos en el último libro de la Biblia, cuando Juan ve cómo las oraciones de los santos suben a la presencia de Dios, y cómo en respuesta a ello un ángel arroja fuego a la tierra! (Ap. 8:3 – 5).

Ya casi al final de su Epístola, se dirige Santiago una vez más con ternura pastoral a sus lectores, llamándoles “mis hermanos”. ¡Y sin embargo tuvo que ser tan duro con ellos! Pero en eso se muestra el amor fraternal, cuando se les señala su error a los que se extravían en la congregación, se les muestra el camino del Señor y se intenta reconducirlos a ese camino. Así actuó Elías, que podía invocar la maldición de Dios, pero también podía orar para que Dios bendijera. Así actuó también Santiago, y así espera que sea en las relaciones mutuas en la congregación. En la Iglesia de Cristo no hay nada peor que reine allí el espíritu de Caín: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” (Gn. 4:9). Hermoso trabajo es hacer que se arrepientan los que están en error, porque así salvaremos sus almas de la muerte y cubriremos multitud de pecados (vv. 19, 20).

Por supuesto sabe Santiago que es el Señor quien lleva al extraviado al arrepentimiento, y que sus pecados solamente pueden ser cubiertos por la sangre de Cristo. Pero Santiago se expresa de esta manera para mostrar que aquí hay, igual que en la oración, una relación estrecha entre lo que hacemos nosotros y lo que Dios hace. Nosotros podemos ser, como en el perdón de pecados (v.16) y en la oración (vv. 16-18), colaboradores de Dios en hacer volver a los extraviados. Como Pablo se llama a sí mismo y a los demás apóstoles: colaboradores de Dios (1 Co. 3:9).

En sentido estricto, la persona cuya alma es salvada de la muerte puede ser también aquélla que ha hecho volver a los extraviados.22. Aunque es una gran verdad que fortalecemos nuestra propia fe cuando nos esforzamos activamente en salvar a otros, no parece muy probable que Santiago quiere decir esto. Aquí señala lo que es el

pág. 58

motivo para no desentenderse de los extraviados. Y ése no puede ser nuestro propio beneficio, sino salvar al otro del juicio severo de Dios.

5:19–20

Final abierto

Aquí la Epístola llega a su final. Santiago termina de forma algo abrupta. Un saludo y una bendición, como en las otras Epístolas del Nuevo Testamento, no le parecen necesarios, por lo visto. ¿O acaso se perdió la conclusión original? ¡Quién sabe! Sea como sea, tenemos ante nosotros una Epístola con final abierto. Abierto hacia nosotros. Abierto hacia todos los lectores, de entonces, de ahora y de todos los tiempos. Es como si el Espíritu que la ha inspirado quisiera decir: a vosotros os toca vivir una continuación en vuestra vida. Ahora, proyecte las líneas que ha trazado Santiago aquí con tanta claridad, en su propia congregación y en su propia vida. Santiago ha animado mucho a los creyentes que vivían bajo pruebas en la dispersión, les ha amonestado como hermanos, les ha librado del círculo cerrado de estar ocupados consigo mismos, y les ha puesto en un espacio amplio bajo el cielo abierto de Dios, con vistas al Reino de los cielos que se acerca. Quizá, al mencionar a Elías al final de su Epístola, ha puesto de alguna manera una firma, porque ¿no tienen mucho en común Santiago y Elías? Ambos son siervos de Dios. Ambos luchan con el Señor por la salvación de Israel. Ambos tienen como objetivo a “todo Israel”, las doce tribus de Israel; porque Elías construye un altar de doce piedras en el monte Carmelo, según el número de las tribus de Israel (1 R. 18:31), y Santiago se dirige así a los judeo-cristianos (Stg. 1:1). Ambos testifican de la bendición y la maldición del Pacto. Ambos perviven en la Historia como justos que oran. Según un relato de Hegesipo, de la segunda mitad del siglo II después de Cristo, recogido en la Historia de la Iglesia escrito por Eusebio, Santiago gozaba de gran estima entre la gente de Jerusalén, a causa de guardar la Ley. Oraba sin cesar por la conversión de Israel. Y le honraron con el sobrenombre de “el justo”. Se dice que oraba tanto, que le salieron callos en las rodillas. Varios años antes de la completa destrucción de Jerusalén, Santiago fue apresado durante unas persecuciones. Le subieron al techo del templo para dirigirse al pueblo desde allí. Habló entonces del poder de su Señor y de su segunda venida en las nubes del cielo. Acto seguido le arrojaron del techo y le apedrearon. Si ocurrió así de verdad, se cumplió lo que Santiago mismo había escrito en su Epístola: “Habéis condenado y dado muerte al justo” (5:6). Santiago, como testigo de Cristo, habría terminado así su propia Epístola; el final de su vida se convirtió en el colofón de su Epístola. La firmó con su sangre.

Elías y Santiago. Sí, tienen mucho en común. También en esto, que ambos preguntan con mucha seriedad al pueblo de Dios:

“¿Hasta cuándo vacilaréis vosotros entre dos pensamientos?” “Si Jehová es Dios, seguidle; si Baal, id en pos de él.” “¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios?” Es en ese punto en que comienza la tentación por parte del diablo, y la prueba por parte de Dios (1:2 ss.). En ese punto somos probados. Y más conforme el Día se acerca y el Juez está delante de la puerta (5:9). Hoy menos

pág. 59

que nunca, no nos sirve una fe muerta, una fe que no funciona; igual que un motor que no funciona no sirve para nada.

Hoy se necesita: ¡Una fe que actúa!

Notas

18

Señor de Sabaot: véase el comentario a los Salmos de editorial FELiRe, tomo I, pág. 315, 359.

Motyer (op. cit., pág. 166, 167) considera el uso del nombre de Dios, Sabaot, como una referencia a Isaías 5 (vv. 7, 9, 16, 24, Jehová de los ejércitos). Aquí Dios aparece como Juez, trayendo el juicio sobre la injusticia que encuentra; sobre todo de carácter social.

19

“El fin (en griego telos) del Señor”, eso es: el fin que se había propuesto el Señor.

La Biblia Textual añade la siguiente nota: “Es decir, oísteis acerca de la recompensa que el Señor les dio al final” (Fil. 2:9 – 11; Job 42:10).

20

“La mano en el trono del Señor”. La expresión viene de Éxodo 17:16, que es un texto difícil de traducir. En la Reina Valera se relaciona “la mano” con “Amalec”, pero es mejor pensar en la mano de Moisés, en relación con Éxodo 17:11–12. Y eso era una oración.

21

G. van den Brink, op. cit. pág. 151, señala que hay dos verbos en griego que significan “ungir”, a saber: chrioo y aleifoo. El primer verbo, chrioo, que es ungir en un contexto religioso, para un llamamiento o servicio, se emplea en Lucas 4:18, Hechos. 4:27, 10:38, 2 Corintios.1:21 y Hebreos 1:9.

Aleifoo, el ungir ordinario, corriente, se emplea entre otros en Mateo 6:17, Marcos 6:13, Lucas 7:38, 46 y también Santiago 5:14.

La explicación más sencilla de la unción de los enfermos es la médica (Is. 1:6). Junto con la oración se administra el medicamento normal, como un don de Dios.