La Epístola de Santiago · La fe que actúa
Santiago 4:1–17
Contenido del capítulo
Dos tipos de deseo
Al leer esta parte de la Epístola de Santiago nos sorprende el contraste entre: nuestro deseo (v. 2) y el anhelo de Dios (v. 5). Si es como tiene que ser, para los creyentes, ambos tienen que coincidir.
Pero, ¡parece que éste no era el caso de los lectores de la Epístola! Sus deseos les llevan a envidiarse y pelearse entre sí. Se tienen una envidia mortal. En lugar de vivir como amigos de Dios y de convivir en amistad, se han hecho amigos del mundo, pues desean lo que desea el mundo.
(4:5) También Dios desea, e igualmente con envidia. ¡Pero lo hace con un celo santo! El anhela “el espíritu que él ha hecho morar en nosotros”.16 Como nuestro Creador y Padre tiene derecho a ello. No quiere que ese espíritu que Él hace habitar en nosotros, vaya en pos de un mundo que se opone a Él.
Toda esta sección gira alrededor de dos puntos de la Ley del Señor: el segundo mandamiento, que da testimonio del celo de Dios, y el décimo, que nos manda someter nuestros deseos y examinarlos a la luz de los deseos de Dios.
Si los deseos de Dios y nuestros deseos están totalmente enfrentados, no podemos orar como debiéramos (vv. 2 y 3).
¿No es esto un gran mal de nuestro tiempo también, que ya no sabemos orar? No es de extrañar, dice Santiago, porque la amistad con el mundo significa enemistad con Dios. No hay nada entre medio.
pág. 42Santiago también señala el remedio: someteos a Dios y resistid al diablo, en lugar de someterse al diablo y resistirse a Dios. Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros (4:8). Limpiad las manos y purificad vuestros corazones, para que no viváis con doble ánimo, para poder decir con el Salmo 27:4: “Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré”. Entonces aprendemos de nuevo a orar. No como: “Señor, esto y aquello deseamos”, sino de esta manera: “Señor, ¿qué quieres que hagamos?” Humillaos ante el Señor y Él os oirá y os exaltará, dándoos “mayor gracia” (v. 6).
Después de reflejar la idea principal de esta parte de la Epístola, nos vamos a fijar en los detalles. En primer lugar nos llama la atención el contraste entre el final del capítulo tres y el principio del capítulo cuatro. Es mejor leerlo todo seguido. La división en capítulos no la hizo Santiago, sino que se ha hecho más tarde y a veces de una forma bastante arbitraria. ¿Qué es lo que escribe Santiago aquí?
“El fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz” (3:18). “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?” (4:1). Por partida doble, “la guerra” y “la paz” son contrapuestas.
El último versículo del capítulo tres se puede reproducir de la siguiente manera: “Donde reina la paz, allí se siembra justicia, y los pacificadores la cosecharán”. Los pacificadores (véase Mt. 5:9), que siembran en paz, cosecharán justicia. Justicia no es algo que puedes exigir, sino algo que siembras y después de un tiempo recoges.
Así tiene que ser en la Iglesia de Cristo.
Pero la realidad que se nos presenta es muy diferente. ¡Combatir y luchar, envidiar y matar! ¡Y eso en la congregación! ¿Cómo es posible?, se pregunta Santiago. Eso no viene de arriba (3:15), sino de dentro. Viene por los propios deseos y pasiones. Podríamos volver a leer lo que ha escrito Santiago acerca de la atracción y seducción de la propia pasión en 1:14, y lo que escribe Pedro en su primera Epístola, 2:11. Santiago dice: si no tenéis lo que codiciáis, envidiáis a otros que sí lo tienen, y tánto ¡hasta pasar por encima de sus cadáveres! Pero no conseguís nada porque no oráis. ¡¿Cómo podríais orar bien en una situación semejante?! Quizá oráis, pero no recibís nada, porque oráis mal. Porque oráis solamente para satisfacer vuestros propios deseos (vv. 2-3). Dios solamente oye nuestras oraciones si pedimos algo conforme a su voluntad (1 Jn. 5:14).
Santiago caracteriza la mala oración como la oración de los adúlteros (v. 4). ¡Es realmente una caracterización espeluznante! Oración de los adúlteros. El texto original emplea aquí el término femenino: adúltera. Los profetas del Antiguo Testamento califican el pecado de Israel contra Dios igualmente de: adulterio. Porque según el lenguaje metafórico de los profetas, en el Pacto, Israel está unido a Dios en matrimonio, y obligado a serle fiel. Cuando el pueblo va tras otros dioses rompe el lazo que les une y está “fornicando”, por lo que Israel es llamado “prostituta” (Os. 1:2,3 y 9:1; Ez. 16:22). Jesús ha adoptado esta metáfora y reprende a “la generación adúltera” de su tiempo (Mt. 12:39). Para Pablo, la Iglesia cristiana es la esposa de Cristo (2 Co. 11:2; Ef. 5:24 – 28), y en el último libro de la Biblia se habla de las bodas del Cordero y de su Esposa (Ap. 19:7 - 9, 21:9, 22:17). Que la vida pecaminosa del individuo se puede caracterizar también como “adulterio”, lo muestra claramente el contraste en el Salmo 73:27,28: “…Tú destruirás a todo aquel que de ti se aparta, pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien” (desgraciadamente, la R.V. 1995 traduce el v. 27 “apartarse”, mientras que en el texto original se usa una dura expresión
para prostituirse).
pág. 43Quien se convierte en un amigo del mundo niega su vínculo con el Señor y con Cristo, y en su infidelidad se hace culpable de romper el Pacto. Llamados a ser amigos de Dios en el Pacto, como lo fue Abraham (véase 2:23), no podemos ser al mismo tiempo amigos del mundo. ¡No podemos poner una vela a Dios y otra al diablo! Quien quiere ser amigo del mundo se convierte efectivamente en enemigo de Dios (v. 4). Desde el monte Carmelo nos llega la voz de Elías, que grita: “¿Hasta cuándo vacilaréis entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; si Baal, id en pos de él” (1 R. 18:22). Tendremos que elegir. Elegir al mundo, significa perder a Dios. “Ninguno puede servir a dos señores”, dice Jesús, “porque odiará al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt. 6:24).
Luego, citando un texto desconocido de la Palabra, escribe Santiago en 4:5: “¿O pensáis que la Escritura dice en vano: el espíritu que él ha hecho habitar en nosotros nos anhela celosamente?”. Sabemos, por el segundo mandamiento de la Ley del Sinaí, que el Señor es un Dios celoso, y esto tiene que tener un significado especial para los judíos cristianos a quien Santiago se dirige. Dios tiene derecho al espíritu que puso en el hombre cuando lo creó. No soporta que otro, el mundo, o el Maligno, tuviese campo libre con ese espíritu que hay en nosotros. Dios no suelta nuestro espíritu tan fácilmente. Es de Él y para Él.
¡El “anhelar celosamente” de Dios está totalmente opuesto al “codiciar con envidia” que a menudo hay en nosotros! (véase 4:1 – 3). ¡Y cuán positivo es ese “anhelo celoso”! Dios no suelta y no abandona la obra de sus manos (Fil. 1:6). Ahí está comprendida toda nuestra redención: es la mayor gracia que Él nos da (4:6).
Del celo de Dios proceden ambas cosas: “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (4:6, véase también 1 P. 5:5).
El mejor consejo que Santiago puede dar es: “Someteos, pues, a Dios, resistid al diablo, y huirá de vosotros” (4:7). Jesús llamó al diablo “el príncipe de este mundo” (Jn. 12:31; 14:30; 16:11). Él domina al mundo, y a todos los que se dejan seducir por el mundo los tiene apresados. ¿Queremos ser librados de él? ¿Somos sinceros cuando oramos: “Líbranos del mal”, la oración que nos enseñó Jesús? Entonces tenemos que empezar a someternos a Dios y a su voluntad. Sólo así podemos resistir al diablo.
Qué tiernamente y alentador escribe el apóstol Juan en su primera Epístola: “…sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno. No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él, porque nada de lo que hay en el mundo – los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida – proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn. 2:14 – 17).
Santiago hace un llamado poderoso a sus lectores y oyentes, a humillarse. Si se acercan a Dios en verdadera humildad, Él se acercará a ellos (4:8). Tienen que volver a aprender a orar de verdad. ¿Pero, no estará Santiago poniendo aquí las cosas al revés? ¿No nos ha enseñado Jesús: “Nadie viene a mí, si el Padre no lo trae” (Jn. 6:44)? ¿No es Dios el que tiene que dar el primer paso? ¿No tenemos que esperar hasta que le plazca acercarse otra vez a nosotros, antes de que nosotros nos acerquemos a Él?
Pero la forma de hablar de Santiago es muy bíblica. Es igual al estilo de los profetas. Dios manda a Zacarías decir: “Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros” (Zac. 1:3). Y por la boca de Malaquías dice el Señor lo mismo: ¡Volveos a mí y yo me volveré a vosotros!” (Mal. 3:7).
pág. 44Así pues, se trata siempre de “volver”. Hay un Pacto entre el Señor y su pueblo, en el cual Él siempre es el primero. Pero cuando hemos roto el Pacto, el volver tiene que venir de nuestra parte, puesto que nosotros le habíamos dejado. Volvemos, humildemente y arrepentidos, como es debido, a Él, que fue el primero en establecer el Pacto. Además, Él sigue siendo el primero en llamarnos para que volvamos con Él, por medio de profetas como Zacarías y Malaquías, y podríamos añadir también Santiago.
Porque con la fuerza de un verdadero profeta que llama a la penitencia clama: “Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, lamentad y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro y vuestro gozo en tristeza. Humillaos delante del Señor y él os exaltará” (4:8–10).
¡Su predicación de penitencia alcanza aquí un clímax de vehemencia! En su Epístola, Santiago llama continuamente “hermanos” a sus lectores. Pero ahora no sale esta expresión de sus labios. Ahora dice: “¡Vosotros, pecadores!”, y así les echa en cara sus vehementes acusaciones. Les reprocha su doble ánimo. También en esto Santiago sigue en la misma línea de los profetas, que una y otra vez tienen que exhortar al pueblo para que sirvan al Señor con un solo ánimo. No, el Señor y Baal (Elías), y no, el Señor y las riquezas (Jesús), sino “amar y servir a Jehová nuestro Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt. 6:5).
“Limpiad las manos y purificad vuestros corazones” – aquí pensamos enseguida en la pregunta del Salmo 24: “¿Quién subirá al monte de Jehová?”, y la respuesta que da a esta pregunta crítica: “El limpio de manos y puro de corazón” (Sal. 24:3,4). Y pensamos en lo que Pablo escribe a Timoteo: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda” (1 Ti. 2:8). “Limpio de manos” habrá sido en su origen seguramente una expresión relacionada con el culto, pero el “puro de corazón” no puede serlo en un culto de formas. Es acercarse al Señor con un corazón puro, de un solo ánimo, con manos limpias.
Reiteradamente Santiago libra una batalla en su Epístola contra el doble ánimo. Contra la separación entre: interior y exterior, fe y acto, confesar y vivir. ¿Habrá tenido en mente la bienaventuranza de su Hermano Jesús: “Bienaventurados los de limpio corazón” (Mt. 5:8)? Bienaventurados, no porque no tuvieran pecados, sino porque sirven a Dios con un corazón sincero y un solo ánimo. Con un corazón, que quiere lo único bueno, y que no se deja desgarrar entre los muchos deseos de todo tipo.
¡Imaginaos un momento esa escena entrañable en casa de Lázaro y sus hermanas! Marta anda preocupada y atareada con muchos quehaceres, pero de María nos dice Jesús: “sólo una cosa es necesaria, y ella ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” (Lc. 10:41,42). Y David confiesa su único deseo: “Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré: que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová y para buscarlo en su Templo” (Sal. 27:4).
Cuando la predicación de penitencia de Santiago llega a su punto álgido en 4:8 -9: “afligíos, lamentad y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro y vuestro gozo en tristeza”, es como si escucháramos a Juan el Bautista, arremetiendo contra la generación de víboras (Mt. 3:7), pero también a Jesús (Mt. 12:34; 23:33). Horrorizado a causa de la risa superficial y el jolgorio mundano que hay, hasta incluso en la casa del Señor, exhorta a lamentar y llorar (v.9). No obstante, escuchamos de nuevo el sonido de las bienaventuranzas en esta llamada sombría: “Bienaventurados los que lloran, porque recibirán consolación” (Mt. 5:4). Se ha pensado, equivocadamente, que la voz de Santiago llamando a la vuelta al Señor y a su servicio, era demasiada sombría, y se echaban de menos los tonos claros del Evangelio. ¿Acaso no tenemos que pasar por la
pág. 45tristeza según Dios para volver a encontrarle? “La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de lo cual no hay que arrepentirse”, escribe Pablo a la iglesia de Corinto, con la que igualmente tenía que ser muy duro (1 Co. 7:10). ¡Es para salvación! “Salvación” es aquí la última palabra, y la meta suprema de la dureza profética de Santiago, que es a la vez emoción pastoral. ¡Recomiendo leer también esos versículos tan hermosos de Isaías 61:2 y 3!
En el versículo 10 vuelve el autor al versículo 6, para así cerrar el círculo de su amonestación conmovida:
“Humillaos delante del Señor y él os exaltará”. Dios da gracia a los humildes (v.6), - pues: humillaos delante del Señor-. Dios nos saca de nuestro pedestal, -¿queremos bajar de nuestro pedestal?-. Nos pone en nuestro lugar, abajo, para mostrarnos allí su gracia. Porque la música de la predicación de Santiago no termina aquí en clave menor, sino en mayor. ¡“Él os exaltará”!
La exaltación ya está presente, ¡pero encubierta!, en la “mayor gracia” del versículo 6 y en “la corona de vida” del 1:12, luego, cuando viene el Señor (5:8)!
Encabezamos esta sección con: “Dos tipos de deseo”. No está bien si nuestro deseo no coincide con el deseo de Dios. Podemos aprender mucho de la manera en que Dios desea, para aplicarlo a nuestra forma de desear, ya que los versículos 5 y 6 hablan de que Él no sólo desea, sino que además da. Solo vamos a poder cumplir los deseos de Dios si vivimos de lo que Él nos da. Así nuestra vida con Dios y nuestro prójimo, no se limita a desear sino a aprender de Dios a dar también. Como en un buen matrimonio (imagen de la comunión entre el Señor y nosotros, y entre Cristo y su Iglesia), darse y desearse van unidos y entrelazados; desear y dar, así también tiene que ser en la vida dentro del Pacto con el Señor.
La adúltera infiel del versículo 4 sabe solamente vivir según sus propios deseos. El esposo y aliado fiel sabe además, y sobre todo, lo que es dar. Así se sanarán de nuevo las relaciones en la vida de la esposa de Cristo y del pueblo del Pacto.
No aspiréis muchos a ser jueces
Este encabezamiento es analógico a 3:1: “No os hagáis maestros muchos de vosotros”. Como llevamos el querer enseñar a otros en la sangre, así también queremos juzgar y condenar a otros. Es como jugar a ser juez. ¡Vemos tan fácilmente los fallos del otro! Vemos con nitidez la paja en su ojo, pero no la viga que hay en nuestro propio ojo (Mt. 7:1 – 6). De nuevo las palabras de Santiago se asemejan al Sermón del Monte de su Hermano y Señor.
“Detractar y condenar a alguien temerariamente y sin haberle escuchado” (Catecismo de Heidelberg, pregunta 112) es un pecado de la lengua, sobre lo cual vuelve a escribir Santiago una y otra vez (1:19, 26; 3:1 – 12), y que es motivo de “guerras y pleitos” (4:1).
¿Qué hay detrás de ese juzgar tan severamente a otros? Ahí está el deseo de mejorar nuestra propia imagen, a base de lo que podemos señalar como faltas en el otro. ¡Si su lado de la balanza baja, significa que el nuestro está subiendo!17 Cuanto más negro pintamos a los demás, más blanco destacamos nosotros. La Palabra de Dios nos enseña otra cosa: “Así que el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Co. 10:12). No es un lujo superfluo leer en este contexto el Cantar del amor de Pablo en 1 Corintios 13: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, sino que se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta…”.
pág. 46Dos veces menciona Santiago aquí al “hermano”. ¡Pues no se puede combinar nunca: ‘ser hermano’ y ‘hablar mal’! Vivimos bajo “la Ley suprema del amor” (2:8) como hermanos. Quien convive con su hermano y hermana dentro del marco de esta Ley del amor y sin embargo habla mal del otro, habla mal de la Ley y juzga la Ley.
Semejante manera de razonar encontramos en 1 Juan 1:10: “Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso y su palabra no está en nosotros”.
Es la Ley de Dios, que nos juzga a nosotros y a otros, y que aprueba o desaprueba nuestros actos. ¡Dios tiene tanta paciencia! Y lo que quiere con su Ley en el Pacto es, sobre todo, salvarnos. En cuanto nosotros juzgamos impaciente y rápidamente, criticamos la Ley. Nos portamos como si tuviéramos que echarle una mano a la Ley. ¿De dónde sacamos ese atrevimiento? A nosotros no nos toca ser ayudantes de la Ley, sino ser hacedores de la Ley (1:22). ¡Hay un solo Legislador y Juez! Sólo Él tiene el poder para juzgar, para condenar y salvar. ¡Lo último va incluso delante en el v.12! A todos los que les gusta juzgar enseguida a otros, Santiago plantea esta pregunta crítica: “¿Lo hacéis realmente para salvar al otro?, ¿quién eres, para que juzgues a tu prójimo?”. Es mejor que no intentemos quitarle el trabajo de las manos al Legislador y Juez celestial, ¡Él gobierna sin la ayuda de nuestras malas lenguas! ¡Temamos nosotros mismos al Juez! ¿No ha dicho Santiago un poco antes: “Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes”? Pues: “humillaos delante del Señor y él os exaltará” (vv. 6 y 10). Dejemos que Él juzgue, “pues Dios es juez; a este humilla, y a aquel enaltece” (Sal. 75:7). Y su juicio podría tener un resultado muy diferente al nuestro. Nuestro juicio de otros podría recaer como un bumerang sobre nuestras propias cabezas.
Hablar mal unos de otros no es precisamente síntoma de la sabiduría de lo alto, de la cual hablaba Santiago en 3:17, sino que es “terrenal, animal y diabólica” (3:15). El Catecismo habla en la respuesta 112 con muchísima razón de “obras propias del diablo”, cuando se trata de detractar y calumniar. Frente a la sabiduría celestial, ¡aquí está la estupidez terrenal, no como una falta intelectual sino como un vicio pecaminoso! Una estupidez terrenal que siempre reacciona impropiamente: reír cuando hay que llorar (4:9), callar cuando hay que hablar, pero también parlotear cuando hay que estar callado (3:1; 4:11), etcétera. Es una sabiduría sin amor, que se ríe sin misericordia, que calla inhumanamente y que juzga sin amor.
Guardaos de una planificación vana
Santiago sigue advirtiendo contra el hablar con soberbia. Ahora se dirige a aquellos que dicen: haremos esto y haremos lo otro, “hoy y mañana iremos a tal ciudad, estaremos allá un año, negociaremos y ganaremos, cuando no sabéis lo que será mañana”. Compara la incertidumbre de nuestra vida con una neblina, que se aparece por la mañana sobre los campos, y que luego, a causa de la fuerza del sol, se desvanece repentinamente. “Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala”. El ejemplo que da Santiago aquí, parece una variante de la parábola de Jesús en Lucas 12:13 – 21, del rico insensato. Él también se entretenía con proyectos vanos: haré esto y lo otro, derribaré mis graneros y los edificaré más grandes, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: “Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; disfruta de la buena vida, descansa, come, bebe y regocíjate”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma, y lo que has guardado, ¿de quién será?”
Así como le gusta a Santiago repetir las palabras de Jesús, así también lo hace aquí con los Proverbios: “No te jactes del día de mañana porque no sabes qué dará de sí
pág. 47el día. Alábate el extraño y no tu propia boca; el ajeno, y no los labios tuyos” (Pr. 27:1,2). En ese mismo libro hay otro proverbio muy hermoso de Salomón: “Reconócelo (a Jehová) en todos tus caminos, y él hará derechas tus veredas” (Pr. 3:6), lo que quiere decir: implica al Señor en todos tus proyectos, consúltalo acerca de tus planes en oración, “y él hará derechas todas tus veredas”: aunque no sepas cómo será el resultado, Él te hará siempre un camino por donde andar.
Planificar forma parte de la esencia de un hombre responsable. La planificación conecta el día de hoy con el futuro. Un proyecto atrae, inspira, proporciona resorte y horizontes. A pesar del margen de riesgo imprevisto, el hombre continúa haciendo planes. Y eso es bueno.
¡Pero el sentido de responsabilidad tiene que ir acompañado del sentido de dependencia! Saberse dependiente de la planificación de Dios no trastorna nuestra planificación, al contrario, la profundiza. Nuestra dependencia de Dios sí da al traste con la seguridad que tenemos en nosotros mismos, y con la fanfarronería de: haremos esto y lo otro.
Por eso Santiago nos enseña a decir: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello” (v.15). Deo Volente, si Dios quiere. Muchas veces utilizamos esta expresión, por comodidad, automáticamente y sin pensarlo demasiado. ¿Hablamos en serio cuando añadimos sin cuidado “si Dios quiere”, a nuestros comunicados y anuncios? ¿Y estaríamos dispuestos a aceptar que el Señor no quiere que vivamos o hagamos tal o cual cosa? ¡En la Biblia no aparece tan a menudo “si Dios quiere”! Por eso, las pocas veces que lo encontramos, nos llama mucho la atención.
Pablo se despide de los hermanos en Éfeso con estas palabras: “Otra vez volveré a vosotros, si Dios quiere” (Hch. 18:21). Y a la iglesia de Corinto escribe: “Pero iré pronto a visitaros, si el Señor quiere” (1 Co. 4:19). Y cuando el autor de la Epístola a los Hebreos se dispone a enseñar a sus lectores acerca de la perfección, añade: “y esto haremos, si Dios en verdad lo permite” (He. 6:3).
En cuanto al último versículo de esta sección, podríamos preguntarnos si realmente tiene que ver con lo anterior. “El que sabe hacer lo bueno y no lo hace, comete pecado” (v.17). No obstante, está claro que tiene relación con lo que precede, puesto que la advertencia de Santiago en contra de una vana planificación es doble. Una planificación vana podría
consistir en: decir con ligereza que mañana o pasado nos vamos de viaje, sin saber si estaremos vivos. Por otro lado podría ser: aplazar hasta mañana lo que Dios quiere que hagamos hoy mismo, si ni siquiera sabemos si mañana estaremos allí para poder hacerlo.
Esta es la doble cara que tiene una vana planificación. Como tantas veces ocurre en la Biblia, también aquí se nos muestran “los dos caminos”. Un camino nos lleva a lo bueno, a lo que Dios quiere de nosotros, a donde Él nos llama y para lo que nos prepara.
Ése es el camino por lo cual podremos dar frutos, en beneficio de otros y de nosotros mismos.
El otro camino es el camino de nuestro egoísmo. Por allí van todos los proyectos que giran alrededor nuestro. Nuestro provecho, nuestro beneficio, nuestro disfrute. Tarde o temprano todo eso se vendrá abajo. Ocupados con nuestros planes, se nos olvidó lo dependientes que somos de la mano de Dios, y además dejamos de hacer lo que Dios nos mandó hacer sin demora, ¡antes hoy que mañana!
Aquel que es formidable en hacer planes en beneficio propio, muchas veces no es capaz de mover un dedo para hacer lo que Dios le pide. Nuestros proyectos audaces van a veces mucho más allá de la capacidad que tenemos, ¡mientras que no hacemos lo que sí está a nuestro alcance: lo bueno!
pág. 48¿Dónde se hallan los mayores riesgos? ¡No en los viajes, sino estando en casa! Cuando tú te quedas pegado a tu silla, mientras el Señor te llama para hacer bien, sirviendo al prójimo, en la Iglesia y en el Reino de Dios. Es el gran riesgo de saber lo que es bueno, y no hacerlo. ¡Y aquí es donde vemos otra vez el hilo conductor que atraviesa toda la Epístola de Santiago!
No te puedes cubrir contra ese riesgo, porque es pecado. Y contra el pecado uno no se puede asegurar, solamente se puede convertir. Haz lo bueno, y no aplaces hasta mañana lo que Dios te manda hacer, y Él guardará tu salida y tu entrada, desde ahora -¡desde hoy! – y para siempre. ¡Porque entonces nos encontramos en ese único camino que conduce a la vida! (Sal. 121:8)
¡Que no vivamos nunca de tal manera como si hubiésemos tomado nuestra vida en nuestras propias manos, en lugar de creer que hemos recibido la vida de la mano de Dios!
Notas
¿El Espíritu Santo o el espíritu humano? Es posible que sea el Espíritu Santo; entonces el sentido del texto sería que podemos apagar su Espíritu (1 Ts. 5:19). Pero queda más clara la apelación cuando pensamos (junto con H.J. Jager y muchos otros) en nuestro espíritu humano. Isaías 42:5: “…El que da aliento al pueblo que mora en ella (la tierra) y espíritu a los que por ella caminan…”. La idea principal es la misma en ambas interpretaciones. (G. van den Brink, De brief van Jakobus, ed. Kok, Kampen, 2002, pág. 116). La Biblia Textual dice: “el espíritu que puso en nosotros…”.
La Reina Valera 1995 utiliza en 4:11 tres veces el verbo ‘murmurar’. La Biblia Textual lo expresa mejor: “no habléis mal unos de otros”. La palabra griega ‘katalalein’ que usa Santiago en este versículo significa literalmente: “hablar para que baje”. Véase también A. Motley, op. cit., pág. 157.