Santiago · La fe que actúaÍndice

La Epístola de Santiago · La fe que actúa

Capítulo I

Santiago 1:1–27

Contenido del capítulo

1:1

Remitente y destinatario

Cuando llega una carta a tus manos que no va dirigida a ti, lo primero que te interesa saber es a quién va destinada y luego por quién ha sido escrita. Una carta de la cual se ha perdido el nombre del que la ha escrito y el del destinatario, nos parece algo que no tiene pies ni cabeza. No podemos identificarlo ni situarlo. Gran parte del contenido de la carta nos resulta incomprensible.

Ahora bien, la Epístola que tenemos aquí delante, y que vamos a leer juntos, parece que no nos va a traer problemas de este tipo, ya que el encabezamiento nos informa acerca del remitente y los destinatarios. El autor es un tal Santiago, que se presenta como siervo de Dios y del Señor Jesucristo, y se dirige a las doce tribus en la dispersión.

Pero no se han resuelto todavía todas las preguntas, porque ¿de cuál Santiago se trata aquí? ¡Hay tántos que se llaman Santiago en el Nuevo Testamento! Sin embargo, llama la atención que el escritor de nuestra Epístola se presenta sin títulos ni pretensiones, ni tampoco con el nombre de “apóstol”. Simplemente dice ser un siervo de Dios y de Cristo. No necesita nada más.

¿No se muestra así que ha sido una figura conocida para sus lectores? ¿Un Santiago que ocupaba una posición destacada en la Iglesia cristiana tal como se había ido formando después de Pentecostés, al principio sobre todo en el mundo judío de Palestina y alrededores?

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Muy pronto ya se ha considerado como autor a ese Santiago que dirigía durante largo tiempo la congregación en Jerusalén, y que fue conocido como “el hermano del Señor” (Gá. 1:19). En el evangelio de Marcos es mencionado entre los hermanos de Jesús (Mr. 6:3). Pablo le menciona a la vez que a Pedro y Juan: ellos eran “las columnas de la iglesia” (Gá. 2:9). ¡Y es significativo que el primero al que menciona es Santiago!

No hay que extrañarse, entonces, de que este Santiago tenga un papel importante en la asamblea de Jerusalén sobre la que nos habla Lucas en Hechos 15. En el amago de un conflicto sobre la cuestión de que si había que molestar a los creyentes de los gentiles con prescripciones judías como la circuncisión, Santiago toma una postura de mediador por lo que se conserva la paz. En cuanto a sí mismo, él sigue guardando las leyes de Moisés en la medida en que sean compatibles con el Evangelio (véase Hch. 21:15-26), pero no quiere cargar este peso sobre los cristianos procedentes de los gentiles (Hch .15:19).

Alrededor de Santiago se ha formado un “círculo” (Gá. 2:12). ¡Por lo visto la formación de grupos en la iglesia es un viejo mal! La cuestión, sin embargo, es si Santiago mismo estaría contento con la actuación de “algunos de su círculo” en Antioquía (Gá. 2:11-14), cuando mostraron claramente su disgusto al ver a Pedro comer con creyentes de origen gentil. Pudiera ser que Santiago, como dirigente ampliamente reconocido de la Iglesia judeo-cristiana de los primeros decenios después de Pentecostés, se dirige con su epístola en particular a sus propios “seguidores”. ¿Quién como él conoce sus debilidades y defectos típicamente judíos, su forma de pensar y sus problemas?

Pero hay otro punto difícil en este primer versículo de la Epístola. ¿A quiénes se refiere con la expresión “las doce tribus en la dispersión”? Podrían ser todos los judíos fuera de Palestina. Pero la Epístola va dirigida claramente a cristianos. No obstante sería incorrecto aplicar la expresión “doce tribus en la dispersión”, que es típicamente judía, a la Iglesia cristiana, la cual sería entonces el nuevo Israel.7 Es muy evidente que toda la Epístola respira un espíritu judeo-cristiano y que el autor alude a situaciones judías: reunirse en la sinagoga (esta palabra se usa en 2:2), vicios judíos como jurar fácilmente (5:12), pecar con la lengua (3:1-12), discutir (4:1 ss.), una fe que se queda en palabras (2:14 ss.).

Por lo visto Santiago se dirige a los judeo-cristianos que a causa de las persecuciones han sido esparcidos por toda Palestina y más allá (véase Hch. 8:1). Podríamos pensar en lugares donde la separación entre judíos y cristianos no se ha producido aún definitivamente y donde todavía se juntaban en una misma sinagoga. Esto podría aclarar las situaciones a las que alude la Epístola, como por ejemplo la injusticia que sufren los trabajadores a manos de los ricos terratenientes,- algo inimaginable en una congregación solamente formada por cristianos, con pocos ricos y nobles -y perseguida por las autoridades judías-, pero muy fácil de imaginar en una comunidad judía, donde todavía se toleraba a los judíos convertidos al cristianismo. Santiago habrá querido que la convivencia fuera lo más duradera posible.

La indicación de “las doce tribus”, cuando hace siglos que han desaparecido aparentemente diez tribus de Israel, no debería extrañarnos. El judío piadoso se aferraba a la estructura original del pueblo del Pacto de Dios. Pablo se expresa de la misma forma en su defensa ante Agripa:”Ahora, por la esperanza de la promesa que hizo Dios a nuestros padres, soy llamado a juicio; promesa cuyo cumplimiento esperan que han de alcanzar nuestras doce tribus, sirviendo constantemente a Dios

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de día y de noche” (Hch. 26:6,7). ¿No ha dicho Jesús a sus apóstoles que juzgarán a las doce tribus de Israel (Mt. 19:28)? ¿Y no ha visto igualmente Juan en la isla de Patmos la nueva Jerusalén con una estructura basada en “las doce tribus de los hijos de Israel” (Ap. 21:12)?

No tiene que sorprendernos entonces que en la época en que fue escrita la Epístola los judeo-cristianos se consideraban el verdadero “Israel de Dios” por excelencia (Gá. 6:16), porque ¿no eran ellos quienes habían reconocido y aceptado al Mesías prometido que había venido? Santiago da esto por hecho sin más, pero les advierte de las pruebas y obligaciones que conlleva esta situación para ellos.

Santiago, ¡el propio hermano de Jesús! Esto nos lleva a Lucas 8:19-21. La madre y los hermanos de Jesús intentan hablar con él, y cuando no lo consiguen le mandan un recado. Jesús reacciona con una pregunta: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” Él mismo da esta significativa respuesta:”Son todos los que oyen la palabra de Dios y la obedecen.” ¡Seguro que Santiago nunca habrá olvidado esta respuesta de su Hermano Jesús! “Oír y obedecer. Oír y obedecer la palabra de Dios.”

Esto no lo ha aprendido Santiago de los rabinos o escribas, sino de su Hermano Jesús. ¡Y ésta ha sido su conversión! Ese mensaje de Jesús llegó a ser también el mensaje del hermano de Jesús, Santiago, sobre todo en esta Epístola. No, Santiago no se enaltece a causa de su parentesco con Jesús, humildemente se llama siervo del Señor. En su servicio escribe la Epístola y enseña a la congregación lo que él mismo aprendió a los pies de Jesús: ser hacedor de la Palabra (1:22). “Fe que obra”, eso es lo que pide nuestro tiempo, y con razón.

Santiago saluda a sus lectores con un saludo griego (jaírein), que en aquel entonces era muy corriente y que literalmente animaba a mostrar gozo: ¡alégrense, estén gozosos! Claro que saludos como éstos se van desgastando por el uso diario. Cuando nosotros decimos ¡adiós! - ¿quién de nosotros recuerda que en realidad está diciendo “te encomiendo a Dios”? ¿O es que simplemente queríamos decir “hasta luego”? La Reina Valera traduce el saludo griego “jaírein” por “salud”, lo que hoy día no significa más que “estar sanos”. Pero cuando Santiago les desea gozo, quiere decir que sus dispersos hermanos en el Señor tienen toda la razón para estar contentos. Esto lo va a aclarar en los siguientes versículos.

1:2–4

Extraño gozo

“Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas tentaciones”, así dice la Biblia holandesa. Francamente, eso nos parece un gozo extraño. Pero la Biblia española pone: “cuando os halléis en diversas pruebas”, y esta traducción es más adecuada aquí.

La palabra griega “peirasmós”, que usa Santiago, puede significar tanto “tentación” como “prueba”. En cada prueba hay una tentación para ir por mal camino y en cada tentación estamos puestos a prueba para ver si seguimos en el buen camino. En la misma situación y en el mismo suceso tanto Dios como Satanás pueden ocuparse de nosotros: Dios para probarnos y Satanás para tentarnos. Dios quiere nada menos que resistamos (¡piensa en Job!), pero Satanás tiene como objetivo hacernos caer. Adán y Eva en el paraíso fueron puestos a prueba por Dios cuando Satanás les tentó.

Y cuando Satanás tentó a Jesús en el desierto, Dios le puso a prueba. ¡El

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primer Adán cayó pero el segundo Adán resistió! Su perseverancia y victoria en el desierto debemos de tener en mente siempre cuando nos vamos a encontrar con pruebas /tentaciones en nuestro camino en pos de Jesús. Solamente en su poder seremos “más que vencedores” (Ro. 8:37).

Cuando Santiago habla de “diversas tentaciones/pruebas” quiere decir que vienen de todos lados y que pueden estar ocultadas en muchas situaciones: en riqueza y en pobreza, en enfermedad y salud, en prosperidad y en desgracia, tanto en libertad como en cautiverio. Los judeo-cristianos a quienes Santiago escribe aquí no lo habrán tenido nada fácil en aquel tiempo, cuando eligieron seguir a Jesús el Crucificado, tropezadero para los judíos y locura para los gentiles (1 Co. 1:23). Eso produce distanciamiento. Incomprensión y burla es lo que encuentran en torno suyo.

Y aún así: “gozaos profundamente cuando os halléis en diversas pruebas /tentaciones”. ¡Qué afectuosamente llama Santiago a sus lectores “hermanos míos”! Encontramos esta expresión repetidas veces en la Epístola, ya lo verán. Así Santiago les anima de forma muy pastoral.

¿No se olvida ahora de las hermanas? ¿Y de los niños? No, porque cada vez que en el Nuevo Testamento los miembros de la iglesia son llamados “hermanos”, se incluye siempre a las mujeres y a los niños. Podemos pensar en la palabra “hermandad” ¡la cual incluye a todos en la iglesia de Cristo, mayores y jóvenes, hombres y mujeres, muchachos y muchachas, grandes y pequeños, - todos!

Pero ¿por qué ese gozo, no a pesar de, sino incluso gracias a diversas pruebas? “Sabiendo” dice Santiago, y con esa palabra “saber” apunta indudablemente al saber por experiencia – “sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia”. ¡Y es maravilloso experimentar esa paciencia! ¡Cuán alegre habrá vuelto Abraham del monte Moriah con su hijo Isaac! No solamente porque su hijo estaba vivo, sino sobre todo porque su confianza en el Dios de las promesas se mantuvo firme y salió probada a través de la tentación. Como un chico dando saltos de alegría sobre el hielo al ver que aguanta su peso, y no se hunde. Una alegría semejante puede experimentar todo creyente cuando su fe “aguanta” la presión de la prueba. Esa fe, pues, es obra de Dios, su don, para que nadie se gloríe (Ef. 2:8,9). Así salimos fortalecidos de la lucha, con una fe más llena de confianza, de experiencia, de valor, tal como Jacob salió de la lucha con Dios a orillas del Jaboc, cojeando a causa de su cadera, pero vencedor en la fe (Gn. 32:28,31).

No hay que ceder en tiempos de pruebas. No hay que hundirse. Hay que mantenerse firme, y seguir siendo tú mismo como hijo de Dios. Esa es la paciencia a la que Santiago se refiere.

¡Cuánto no darían los atletas para conseguir alguna meta! ¿Podríamos nosotros, los creyentes, aguantar sin el entrenamiento diario? Los débiles y los que ceden no van a llegar a ningún sitio. Pero los bien entrenados perseveran. ¿Y no experimentarán un gozo tremendo?

Pero eso no es todo. Porque la perseverancia es tentada también. “Tenga la paciencia su obra completa”, dice Santiago, “para que seáis perfectos y cabales sin que os falte cosa alguna”.

Se trata, por lo tanto, de seguir perseverando. Porque el diablo no acepta su pérdida, ni nuestra ganancia. Vuelve una y otra vez, como volvió también algún tiempo después de lo que era su derrota y la victoria de Jesús en el desierto (Lc. 4:13, compárese también Lc. 11:24-26).

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A través de y bajo todo aquello, nuestra fe crece hacia la perfección. Las pruebas contribuyen a que nuestra fe vaya madurando hacia la madurez completa. De las palabras de Santiago surge la imagen de cristianos que no se quedan a mitad de camino y fracasan, sino que llegan a la meta como vencedores. La palabra “completa” (v.4, “teleia”) viene de la palabra griega “telos”, que significa “meta final”. Santiago tiene en mente lo que ha dicho su Hermano y Maestro: “Pero el que persevere hasta el fin (“telos”, meta final), éste será salvo” (Mt. 24:13).

Si nunca hemos escuchado otra cosa que: “es que somos incapaces para hacer el bien e inclinados a hacer lo malo”, o: “tenemos sólo un miserable principio de la nueva obediencia”, o: “somos y seremos siempre pecadores”, entonces nos asustamos de esas palabras atrevidas de Santiago: no doblegarse, perseverar, soportar, perfeccionarse, ser cabales, sin faltarnos cosa alguna…

¿Es tan extraño que Lutero pensara de esta epístola de Santiago: así se tira por la borda el Evangelio de la salvación por la sola gracia?

¿No es Santiago en realidad un peligroso activista? Pero, ¡esto es un dilema totalmente equivocado! ¿Actividad o pasividad? El contraste bíblico es muy distinto: ¡actividad de la carne o actividad del Espíritu!

Una fe viva nunca puede ser pasiva. Santiago nos enseña el camino de la fe que obra; y así encontramos también gozo en esa fe.

Qué cuadro más lamentable: cristianos que andan hundidos. Sin paso firme, con la espalda encorvada, sin expresión alegre. Parecen ir de derrota en derrota, aunque conocen de sobra el Salmo 84:7:”Irán de poder en poder”.

¡Que experiencia maravillosa cuando atraviesas la prueba con la ayuda de Dios y en pos de nuestro Autor y Consumador de la fe (He. 12:2) y llegas así a la meta! Y cómo eres fortalecido en la fe cuando a través de las pruebas descubres lo que vale Dios y su palabra, para lo que vale tu fe. Cuanto más dura sea la prueba, más profundo será el gozo.

¿Extraño gozo? ¡Gozo asombroso! (En el versículo12 y siguientes, Santiago vuelve a tratar el tema de la finalidad de las pruebas).

1:5–8

Orad por sabiduría

“Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios…” Esto parece estar en contradicción con el final del v.4: “…sin que os falte cosa alguna”. Pero el v.5 empieza con: “Si tiene falta de sabiduría…”.Entonces ¿falta algo? Sí, pero no es algo para que nos resignemos pasivamente a ello, como si fuera culpa de Dios. No, ¡”pídala y le será dada”! Pero no recibes nada sin pedirlo, o si oras con un corazón dividido, v.6. ¡Qué cosas más hermosas se dicen aquí sobre orar! Cosas fundamentales. Primero sobre Dios, y luego sobre el que ora.

Primero sobre Dios – “¡que da a todos, despreocupadamente y sin reproche!” -¡y cuánto no nos pudiera reprochar! : “¡Por vuestra propia culpa!”…Pero no nos reprocha nuestra falta, al contrario, lo cumple. Él da, despreocupadamente, sin poner trabas, sin que haya un pero. Y da a todos, quienquiera que seamos y como fuese nuestro pasado. A todos y no solamente a mí como si yo tuviera el monopolio de la sabiduría.

Esto es lo que se dice primero sobre Dios: ¡Ése es el Dios que tenemos, su corazón es tan grande, su bondad tan generosa!

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Pero ahora algo sobre “el que ora”. Ése nos ofrece un cuadro menos bonito. “Inconstante en todos sus caminos”, “semejante a la onda del mar”, “de doble ánimo”, “el que duda”.

Ojalá pidiésemos nosotros siempre tan “despreocupadamente” como Dios da. Con frecuencia estamos hechos un lío. Complicamos todo, hasta la relación que tenemos con Dios. Tenemos problemas con orar, y si no los tenemos, los inventamos, u otras personas nos hacen creer que los tenemos. Santiago no recomienda la duda en absoluto.

Hoy día parece a veces que no cuentes como cristiano cuando das testimonio de la seguridad de tu fe. Eres un bicho raro, una excepción. Santiago es demasiado sencillo para razonamientos tan complicados, que tanto pueden infectar nuestra fe y nuestras oraciones. Para él las cosas son simplemente así: no puedes orar bien con dudas en tu corazón. La duda tira de nuestra oración hacia abajo, de tal manera que no puede elevarse hacia Dios, como sacos de lastre que impiden subir al globo. Santiago nunca ha visto un globo, por eso utiliza otra imagen: el que duda se parece a una onda del mar, que es arrastrada por el viento, siempre inquieta. Una ola no es un barco. Un barco puede navegar con ayuda de una brújula y así mantener el rumbo. Un barco es dirigible, una ola no.

Pedro dejó el barco y anduvo sobre las aguas (Mt.14:22-33). Eso iba bien mientras no perdía de vista a Jesús. Pero comenzó a hundirse cuando miraba a las olas, porque en ese instante veía su propia imagen, semejante a una ola del mar. Y entonces Pedro se hunde en esas olas, como es “de doble ánimo” e “inconstante en todos sus caminos”. Afortunadamente Jesús le extiende su mano salvadora y le sostiene y le ayuda a seguir andando, porque “Yo soy el camino”, también a través de fuertes vientos y a través de pruebas. Porque ¿no trata el capítulo 1 de Santiago acerca de pruebas/tentaciones?

Pero ahora esa “falta” (v.5). ¿En qué consiste? Falta de sabiduría. Eso no se nos ocurre tan fácilmente. Nos falta de todo, eso sí, dinero, salud, oportunidades de ascenso, y así podríamos continuar...¡Pero a quién se le ocurre esta falta y pide esto: sabiduría?

¡Pues sí, a Salomón! (1R. 3) Salomón se hizo rico y poderoso, pero fue por su sabiduría que ha llegado a ser tan famoso. Y la Biblia siempre se refiere a la sabiduría práctica de la vida, de lo que por ejemplo está lleno el libro de Proverbios. No necesitas diplomas ni calificaciones, ni tampoco títulos para ser una persona sabia. Padres y madres sabios, ancianos sabios. Personas que dicen en el momento adecuado las palabras adecuadas, o que saben callarse sabiamente. Personas que saben apaciguar riñas y resolver disputas. Con sabiduría sacada de la Biblia. Una sabiduría que en el cruce donde los caminos se separan, sabe elegir el buen camino, y que lo sabe indicar a otros. En resumen (y de eso se trata en 1:2-4 y 12): sabiduría que hace tomar la decisión correcta en pruebas y tentaciones.

Más adelante, en su Epístola, Santiago da este testimonio sobre la sabiduría que viene de lo alto: “¡es pura, pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía (3:17)!”

¡Para meditar un buen rato en ello! ¿No fallamos tremendamente en todo esto?

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No nos preocupemos: pedid sabiduría, y os será dada. ¿No recibimos enseguida una respuesta de lo alto en esta Epístola de Santiago, tan llena de sabiduría práctica para la fe?

1:9–12

Pobres y ricos en la congregación

Santiago continúa hablando de la fe y de la experiencia gozosa de mantenerse firme en la tentación. Tenemos que tener muy presente la relación entre ambos, aún cuando ahora se trata de pobres y ricos, humildes y nobles en la misma congregación. Santiago no cambia de tema. Solamente hace ver a sus lectores en qué terreno se encontraban las pruebas para ellos. Les indica dónde están ubicadas las trampas.

Ellos están viviendo en la dispersión. Expulsados de la tierra de sus antepasados con la que precisamente el israelita tiene unos vínculos muy estrechos. Algunos se han hundido en una pobreza miserable y llevan una vida llena de preocupaciones. Otros han podido llevar consigo algún dinero y han puesto en marcha un negocio. Puede ser que esos ricos formaban parte de la comunidad judía, a la que se habían unido en la dispersión. A veces eso fue posible, cuando el rechazo de los judíos convertidos al cristianismo localmente no era tan fuerte, como en el lugar de su procedencia, de donde habían sido expulsados.

Sea como sea, parece evidente que los ricos no se preocupaban demasiado de sus hermanos pobres, y esto significaba una experiencia amarga en la dispersión. El gozo de que hablaba Santiago (v. 2), va a faltarles del todo, tanto a los pobres como a los ricos, si no perseveran (vv. 3-4) y se mantienen firmes, los unos en la tentación de la riqueza, los otros en la prueba de la pobreza. Corren el riesgo de no aguantar más: los unos a causa de sentimientos de inferioridad, porque tienen tan poco; los otros a causa del temor continuo de tener que desprenderse de algo, porque tienen tanto (compárese el joven rico de Mateo 19). Y así ambos se quedan cortos en la sabiduría de Proverbios 22:2: “El rico y el pobre tienen en común que a ambos los hizo Jehová”. En lugar de encontrarse, pasan de largo, unos por el camino alto y otros por el bajo, como si unos fueran por el camino de una montaña y otros por el de un valle. ¡Pero de esa forma no se produce nunca un encuentro! Y ninguno de los dos en nada va a “gloriarse con gozo”.

Pero a continuación les dice algo hermoso: perseverar, mantenerse firme, no caer en la prueba y la tentación, eso solamente lo consigues como hijo de Dios y como hermanos en el Señor. El pobre no lo consigue, ni tampoco el rico. Solamente el hermano.

Con este título, el más hermoso de todos, Santiago ya se dirigió a sus lectores en el v.2 y ahora otra vez en el v.9, y así ¡hasta dieciséis veces usa la palabra “hermano” en su Epístola! Cuando todos los valores se devalúan, este nombre de “hermano” y la posición de “hermano” mantienen su valor eternamente.

“Hermano”,- ¡ésta es su dignidad en Cristo! Por eso ¡fuera con los sentimientos de inferioridad y superioridad en la congregación! No se trata de ser más rico o más inteligente que otra persona, sino de lo que tenemos y somos todos juntos en Cristo, de lo que somos y tenemos por gracia.

Eso es lo que limpia nuestro pensamiento, purifica nuestros deseos y sanea las relaciones mutuas en la congregación.

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“El hermano que es de humilde condición, gloríese en su exaltación”, dice Santiago, es decir, en su alta posición como hijo de Dios, porque en eso es intocable e inmensamente rico en Dios (Lc. 12:21).

¿Y los ricos? ¿Es el evangelio solamente para los pobres? No, también el rico en la congregación puede considerarse afortunado, ya que él puede gloriarse en su humildad. Como una flor se marchita bajo el calor del sol, así se marchitará el rico, con todas sus empresas. Cierto que es bueno ser emprendedor. Ya que lo puede hacer, puesto que tiene dinero para hacerlo. Así ayuda a otros dándoles trabajo y sustento…pero eso no perdura. Dentro de poco él será tan humilde como lo es su hermano ahora. La cuestión no es si su riqueza perdura, sino si él mismo perdura como hijo de Dios y hermano en la congregación. La pregunta es si él, igual que el pobre, es rico en Dios.

Santiago no va a nivelar aquí los ingresos y capitales, pero está saneando las relaciones mutuas en la congregación, poniendo pobres y ricos a un mismo nivel de “hermandad”. Esto siempre impedirá que las diferencias sociales se desarrollen y agudicen, hasta llegar a ser grandes contrastes.

Cuando ambos, ricos y pobres, de nuevo aprenden a gloriarse, entonces vuelve también el gozo por mantenerse firme en la tentación de la riqueza y la prueba de la pobreza (vv. 2-3). Y para ambos vale la bienaventuranza del v.12: “Bienaventurado el hombre/la mujer que soporta la prueba, porque cuando salga aprobado, recibirá la corona de vida que Dios ha prometido a los que lo aman”. Tal vez ésta era una bienaventuranza del Señor Jesús que no ha sido incluida en los evangelios. “Bienaventurado” quiere decir: ¡felicidades, enhorabuena!

La “corona de la vida”, es decir, la vida eterna como corona, aparece también en el mensaje del Señor Jesús a la iglesia de Esmirna (Ap. 2:8-11).

Es curioso que allí también se habla de pobreza y opresión, que hay un agrio conflicto en o con la sinagoga, y que en ese mensaje también se dice de los pobres que ellos son realmente ricos (en Dios). A los creyentes en Esmirna que son “tentados”, dice el Señor: “Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida”. Y Pedro escribe en su primera Epístola: “Vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1 P. 5:4). ¿Qué es lo que anhela nuestro corazón: riqueza que se marchita (1:11), o esa corona inmarcesible de gloria?

¿Nos creemos dichosos con la coronita de papel dorado que nos ponemos, o tenemos envidia de esa coronita de papel dorado que otros exhiben? Realmente felices, bienaventurados, somos solamente cuando amamos a Dios, pobres o ricos. Porque entonces Él nos tiene preparada una corona.

El pobre en su fe, puede estirarse para alcanzar esa corona. El rico en su fe, puede agacharse para alcanzar esa corona. Dios lo ha prometido a ambos, y Él cumple su Palabra. “¡Aunque se caigan todas las flores y se seque la hierba, la Palabra de Dios que promete la corona permanece para siempre!” Con esto se ha aclarado Santiago 1:2-12 lo suficiente; empezábamos con “Gozaos profundamente en diversas pruebas” (v.2)…y terminamos con “Bienaventurado el hombre que soporta la prueba” (v.12).

1:13–18

No hablar mal de Dios

En tiempos de prueba el gozo se oscurece completamente si perdemos la visión correcta

de quien es Dios. Cuando Santiago nota en su entorno la tendencia a culpar a

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Dios de todas esas pruebas y tentaciones, con sus desagradables consecuencias, entonces pasa directamente a hablar de esos pecados de la lengua, tan típicamente judíos, que trata de una forma más amplia en el capítulo tres.

¡Hablar mal del prójimo es grave, pero peor es hablar mal de Dios! ¡Qué culpable de esto se hizo Israel durante su estancia en el desierto, incurriendo en el mismo error una y otra vez! Dios los había convencido para salir de Egipto, al desierto, y allí estaban en problemas, sin comida ni bebida, según decían los israelitas. Se habían dejado convencer por Dios, para cambiar las ollas de carne por un futuro incierto.

Por lo que Santiago escucha, siguen hablando mal de Dios, ahora entre los cristianos judíos, que dicen que son tentados por Dios. Pero, ¿no escuchamos nosotros también en nuestro propio entorno y a veces en nuestro propio corazón este razonamiento: el mal viene del pecado y el pecado viene del diablo; el diablo es un ángel caído y los ángeles han sido creados por Dios; por lo tanto, el mal viene de Dios? O dicho de otra forma: Dios debe de haber cometido un “error de construcción” en la creación del hombre, porque si no el hombre nunca hubiera errado en su camino. Y así convertimos la Caída (en el pecado) en un accidente laboral, de lo cual hacemos a Dios responsable.

¡Cuántas veces se habla mal de Dios! ¿No nos duele? ¿O acaso participamos nosotros también? Pero, ¿no somos hijos de Dios? ¿No deberían entristecerse los hijos, cuando en su entorno se hable mal de su padre?

¡Por eso nos anima enormemente el hecho de que Santiago habla bien de nuestro Padre celestial! Él sale a la defensa de nuestro Padre, y seguro que nosotros podemos aprender algo de ello.

Dios no puede ser sorprendido, ni tentado, vencido por el mal, ni tentar a nadie, dice Santiago. Quien culpa a Dios, se disculpa a sí mismo. Y quien se disculpa a sí mismo, le quita a Dios la oportunidad de perdonar su culpa por la sangre del Cordero que llevó nuestros pecados. ¡Cuando una vez has visto con ojos de fe cómo Dios ha puesto la cuenta de tu culpa a nombre de su propio Hijo en el Calvario, nunca más se te ocurre acusar a Dios de que tú tienes que pagar por culpa de Él!

“Cada uno es tentado, cuando de su propia pasión es atraído y seducido”, dice Santiago (1:14). ¡La palabra “propia” deberíamos subrayarla con una línea gruesa! ¡Nuestra propia pasión! Es nuestro propio ojo el que nos tienta al pecado, nuestra propia mano, nuestros propios pies, nuestra propia mente, nuestra propia imaginación. Santiago lo ha aprendido de nada menos que de su Hermano Jesús. Lo podemos leer en Mateo 18:8, 9. Lo específicamente propio que nos puede tentar al pecado es distinto para cada persona. Para Caín, era algo distinto que para Acán; para Sansón, era algo distinto que para Judas. No tenemos que ir generalizando, sino descubrir y reconocer lo que es propio de cada uno, porque así también llegamos a reconocer lo que es lo propio de nosotros mismos.

¡Es sugerente que Santiago en este contexto calla sobre el papel que juega Satanás en todo esto! (En 4:7-8 sí habla del diablo). Lo hace a propósito: Santiago no querrá darnos la oportunidad de cargar nuestra culpa al diablo. Por otra parte se muestra aquí la gran inteligencia del diablo – se podría decir su discernimiento psicológico –, que nos lleva a pecar por medio de lo que es propio de cada uno.

¡Guárdense de…sí mismos! Y si se trata de la pregunta de quién tiene la culpa: ¡guárdense de las maniobras de escape! En el versículo 1:15 dibuja Santiago el horripilante proceso del nacimiento del pecado. Primero nuestro deseo nos presenta lo deseado como algo muy atractivo, se convierte en un cebo por el que somos seducidos. Y cuando nos entregamos al deseo, nace el pecado, y del pecado la muerte. Se desarrolla, pues, en

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tres fases: deseo – pecado- muerte. Cuando satisfacemos nuestro propio deseo, el pecado será su hijo y la muerte será su nieta. Es la imparable “rueda de la creación” de la que Santiago nos habla en 3:6.

Pero como contrapeso de este horrible proceso de nacimiento, Santiago nos muestra otro proceso de procrear muy distinto, maravilloso, en 1:18: “Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas.”

Santiago continúa con su defensa de Dios. “Amados, hermanos míos, no erréis” (v. 16). ¡Fíjense de nuevo en este nombre afectuoso que tan a menudo emplea Santiago, el hombre de corazón pastoral! “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces”, (v. 17).

Lo malo viene de nosotros, pero de Dios solamente puede venir lo bueno. Sí, Él nos pone a prueba, pero es para bien, para nuestro bien; ya que no nos tienta para mal. Con mal queremos decir: lo que causa nuestra perdición, lo que provoca nuestra ruina eterna. Esto es lo que se propone siempre el diablo, ¡Dios jamás!

Bajo esta luz debemos leer y entender palabras proféticas como las de Isaías 45: 6-7 y Amós 3:6. Siempre que se lean bien, no contradicen Santiago 1:17.

Cuando Dios dice por la boca de Isaías: “Yo soy el Señor y no hay ningún otro. Yo formo la luz y creo las tinieblas, hago la paz y creo la adversidad. Solo yo, el Señor, soy el que hago todo esto”, - entonces no debemos entender que Dios crea al pecado y que, por lo tanto, Él es responsable del mal que nosotros hacemos. Porque ‘adversidad’ significa aquí solo “desgracia”. Lo mismo que en Amós 3:6: “¿Habrá algún mal en la ciudad que el Señor no haya enviado?”. También Job sufrió grandes desgracias, en las que Dios tenía mucho que ver, pero con la bendita intención que Job soportara todas aquellas tentaciones y que Satanás, todo lo contrario, fuera derrotado. No podemos entender cómo Dios actúa, “¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!”, dice Pablo en Romanos 11:33, no como un suspiro quejumbroso sino como una alabanza: “¡Profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios!”. “Sabemos además, que a los que aman a Dios, todas las cosas los ayudan a bien” (Ro. 8:28), También las adversidades. En y detrás de cada adversidad que afecta a los hijos de Dios, se esconde también una “buena dádiva” del “Padre de las luces”. Gracias a esta buena dádiva puede surgir ese “gozo extraño” con el que Santiago empezó su Epístola (1:2).

Del “Padre de las luces”, Santiago testifica que “en Él no hay mudanza ni sombra de variación” (1:17). Parece que en el texto griego se usan expresiones tomadas de la astronomía. Dios es el Creador y Padre de los cuerpos celestiales, el sol, la luna y las estrellas. En el caso de los astros hay cambios y a veces sombras causados por la rotación. El eclipse lunar es causado por la sombra de la tierra sobre la luna. ¡Pero Dios, Creador y Padre, está muy por encima de todo eso! Él no es: a veces luz, y a veces oscuridad. “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en Él” (1 Jn. 1:5). Tampoco es Dios el origen del bien y del mal, sino la fuente de todo bien.

Y luego sigue Santiago: Dios no es solamente el Padre de las luces, sino también nuestro Padre. Porque “según el designio de su voluntad nos hizo nacer (nos engendró, dice la Biblia Textual) por la palabra de verdad” (1:18).

El texto griego emplea aquí la misma palabra ‘apokueo’ que en 1:15 es traducido como “dar a luz” (engendrar). Dios nos engendró como sus hijos. ¡Qué palabra más

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maternal del Padre celestial! Tan maternal como lo que Dios dice en Isaías 66:13: “Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros”.

Dios nos hizo nacer por la palabra del evangelio. Santiago se refiere aquí a nuestro nuevo nacimiento, por la Palabra. Como la creación se hizo por la palabra de Dios (Gn. 1:3; Jn. 1:3), así también la nueva creación, el renacimiento del hombre y ‘la regeneración’ de todas las cosas (Mt. 19:28). Pedro se expresa de la misma manera sobre el nuevo nacimiento en 1 P. 1:23: “…pues habéis renacido, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre”, y “ésta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada” (1 P. 1:25).

¡Como hijos de Dios, nacidos de nuevo, podemos ser las primicias de la nueva creación! (Stg. 1:18)8. Santiago utiliza la imagen de la ofrenda de los primeros frutos de la cosecha que presentaba Israel ante Dios (Lv. 23:10) como imagen de los primeros cristianos de su época.

Esa imagen de ‘las primicias’ encierra una promesa de gran valor y un futuro maravilloso (Dt. 26:1,10). Porque las primicias representan y prometen la totalidad, el futuro, y, de la misma forma, ¡la primera congregación cristiana y cada persona que ha nacido de nuevo es un comienzo y también una garantía de la nueva creación! (Ef. 2:10; “somos hechura suya”)

Santiago aplica las palabras proféticas de Jeremías acerca de Israel a la congregación judeo-cristiana: “Santo era Israel al Señor, primicias de sus nuevos frutos” (Jer. 2:3). En estas primicias está ya la gran cosecha delante de Dios.

Pero demasiadas veces las primicias de Dios se encuentran bajo el fuego cruzado de las pruebas y tentaciones. En cuanto a esto Jeremías advierte a todos los que agreden al pueblo de las primicias de Dios: “Todos eran culpables, mal venía sobre ellos, dice el Señor” (Jer. 2:3).

El que tiene el privilegio de ser una primicia de la nueva creación de Dios no debería alterarse tan fácilmente por pruebas y tentaciones de todo tipo, tampoco por nuestra condición de pobres o ricos. Nuestra posición, como hermano de Cristo (v.9), ¡sí, como hijo de Dios! (v. 18), sobrepasa todo eso. ¡Ser una primicia, prometedor comienzo del gran Futuro! Comparado con esto, toda riqueza es menos que nada. Y la pobreza, ¿de qué manera podría arrebatarnos algo?

1:18

¿Vanguardia o retaguardia?

Fijémonos ahora un momento en el v. 18 en particular. Los cristianos podemos ser las primicias de una nueva creación de Dios. ¿Nos encontramos, pues, en la vanguardia del curso de la historia, o nos vamos arrastrando en la retaguardia? ¿Preparamos el camino, o somos los últimos? Martín Lutero King ha dicho que la iglesia tiene que ser un faro delantero y no una luz trasera. ¿No suena eso demasiado pretencioso?

En la época en que Santiago escribió su Epístola, el cristianismo era una nueva creencia en un mundo viejo. Pero ahora, unos 2000 años más tarde, el cristianismo se parece más bien a una religión vieja en un mundo nuevo.

En los primeros siglos los cristianos llamaban la atención por su forma de vida: ¡Mirad cuánto se aman! El estilo de vida cristiana ha influenciado al mundo a través de los siglos. Surgieron instituciones (hospitales, escuelas, caridad), y modelos de comportamiento (el respeto para el individuo, la humildad como virtud) que el mundo antiguo no conocía. Hoy día todo eso es algo normal, incluso para gente que no es cristiana. Entonces, ¿qué es lo que somos?, ¿cuál es la influencia que

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tenemos?, ¿cuál es nuestro lugar en el mundo?, ¿somos

vanguardia y faro, o retaguardia y luz trasera?

¡La fe cristiana está bajo el signo de la esperanza! Personas que han nacido de nuevo esperan llenas de ilusión la restauración de todas las cosas (Mt. 19:28; Hch. 3:21). ¿No esperamos cielos nuevos y una tierra nueva, en los cuales morará la justicia? (2 P. 3:13). ¿Y no tiene que motivarnos esta esperanza para anticipar ya, en lo posible, ese futuro que abarca los cielos y la tierra?9

No, no somos aquellos que van a la cola, sino que somos precursores, que “se extienden a lo que está delante y prosiguen a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:14).

1:19–20

¡En primer lugar se necesitan oyentes!

La palabra de verdad, por la que Dios hace nacer a sus hijos, ¡pide en primer lugar oyentes! La fe es por el oír, y el oír por la Palabra de Cristo (Ro. 10:17).

“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (v. 19).

Esto se aplica ya en nuestras relaciones personales. Escuchar con atención a otra persona siempre suele ser mucho más difícil que hablar. Nos gusta tanto oírnos a nosotros mismos, que al otro le interrumpimos enseguida. El deseo de interrumpir lo llevamos en la sangre, hasta incluso durante la predicación nos gustaría hacerlo. No nos damos tan fácilmente por vencidos, sabemos muchas veces más que Dios en su Palabra.

Es muy probable que Santiago tenga en mente la situación en las sinagogas. Cada visitante masculino podía tomar la palabra durante el culto en la sinagoga. Y a menudo se hacía uso de ello de una forma molesta. Jesús mismo lo experimentó (Lc. 4:14 -30). Y cuánto no les llevaron la contraria a los apóstoles, cuando predicaron en las sinagogas el evangelio de las promesas de Dios, que se cumplieron gloriosamente en Jesucristo (Hch. 13:45 ss.; 18:6). Santiago, quien mantuvo durante el mayor tiempo posible el vínculo con el templo y la sinagoga, ha experimentado seguramente

muy a menudo que la gente se apresura a hablar y enfadarse. “Hacedlo al revés”, dice: “sed prontos para oír, y tardos para hablar y airarse”.

Sobre todo cuando está hablando Dios, debemos mantener la boca cerrada durante un buen rato, solamente escuchar, escuchar una y otra vez. El viejo Elí ha enseñado al joven Samuel esa actitud de “Habla Señor, que tu siervo escucha” (1 S. 3:10).

La contradicción y la ira que a veces provocan las palabras de Jesús y los que hablan en su nombre, en la sinagoga y en la iglesia, a menudo tienen su origen en un supuesto celo por la casa de Dios, en que uno cree que su iglesia tiene la razón. Piensa por ejemplo en el Sanedrín y en Saulo de Tarso. Pero también en nuestro tiempo hay muchos conflictos entre iglesias. ¡Cómo pueden llegar a encenderse y arder las pasiones en la iglesia!, y ¡cuántas veces no se confunde fuego santo con algo que en realidad es ira pecaminosa! Santiago advierte con mucha seriedad: “La ira del hombre no obra la justicia de Dios”.10 Porque muchas veces no coincide con la razón de Dios. “Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas” (v.21).

“Manso” no significa “blando”. La Biblia llama a Moisés “un hombre muy manso, más que todos los hombres sobre la tierra” (Nm. 12:3), Aunque dirigió su pueblo con mano firme, no era en absoluto una persona blanda, que se dejara

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pisotear. Pero no tenía una autoestima muy elevada, y escuchaba en silencio los reproches injustos de sus propios hermanos, Aarón y María.

Así que, ¿no recibiríamos con mansedumbre la palabra de Dios mismo? El “recibir” va acompañado del “desechar” (1:21). Desechas y recibes. Hay que desechar algo, para recibir otra cosa, porque no puedes tener las dos cosas al mismo tiempo. Desechad toda inmundicia y abundancia de malicia, y recibid con mansedumbre la palabra implantada. La inmundicia y malicia en nuestro corazón impiden oír y recibir de la palabra de Dios, obstruyen como un tapón de cera nuestro oído. ¡Quítalo! Así se hace sitio para el oír y el obedecer la palabra de Dios.

Cuando Santiago habla de “la palabra implantada”, usa una palabra griega (‘emphutos’) que aparece solamente aquí y que es difícil de traducir. Quizás la traducción de Grosheide (Korte Verklaring) es la mejor: “la palabra que entrelaza”. La palabra de Dios crece entrelazándose con el hombre, haciéndose así uno con el que la oye y recibe. La palabra obra en tu vida, uniéndote cada vez más a ella. Esa inmundicia y malicia puedes desechar, pero no aquello con lo que estás entrelazado.11

Precisamente porque la palabra de Dios está entrelazada con tu vida, aprendes a discernir de tal forma que sabes qué es lo que tienes que desechar de tu conducta, porque no armoniza con lo que está entrelazado contigo: la palabra de Dios.

De esa palabra dice Santiago que finalmente “puede salvar nuestras almas”. “Puede” no quiere decir: puede o no puede. En el texto griego viene una palabra de la cual se ha derivado nuestra palabra “dinámico”. ¡La palabra de Dios tiene la dinámica, el imponente poder para salvar!

Grosheide no traduce “vuestras almas”, sino “vuestra vida”, y añade clarificándolo: “Hay que pensar en la vida entera y no solamente en lo que llamamos ‘alma’; el hombre completo, tal como vive, es salvo por Cristo si recibe la Palabra. (Korte Verklaring)

Es la palabra de Dios que actúa, siendo sembrada y plantada en nosotros, que ha echado raíces y se entrelaza con nuestra vida emocional y pensamientos, con toda nuestra existencia, y así influye también en la sociedad. Y de esa manera “obra la justicia de Dios” (1:20).

La breve Epístola de Pablo a Filemón, que trata sobre la relación entre el esclavo y el amo, ha necesitado siglos para “entrelazarse” de tal forma con nuestra sociedad cristiana, que no fue finalmente hasta el siglo diecinueve que ha dado como fruto la abolición de la esclavitud. ¡Sigue siendo una gran vergüenza para el mundo cristiano que ha tenido que tardar tanto! No obstante, la palabra de Dios sigue obrando imparablemente para sanear toda nuestra vida y también la sociedad.

1:22–27

Sed hacedores de la Palabra, y no tan sólo oidores

Aquí llega Santiago a un punto muy importante en su Epístola: ¡no solamente ser oidores de la palabra de Dios, sino también llegar a ser hacedores! Nos engañamos si sólo escuchamos muy “piadosamente” el mensaje de Dios y nada más, si no lo llevamos a la práctica.

Al leer no tenemos que saltar la palabra “solamente” (no tan solamente oidores), porque entonces tendríamos un dilema falso: oír o hacer. No es así: hay que oír y hacer. El oír viene incluso delante (vv. 19–21). Tenemos que saber lo que vamos a hacer, porque lo primero que tenemos que hacer es escuchar tranquilamente la Palabra de

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Dios. Así que: primero se necesitan oidores, pero luego también hacedores de la palabra oída.

Claro que tienen que ser las mismas personas. No debemos dividir la congregación en dos grupos: oidores y hacedores, Marías y Martas. Hacedores que no han escuchado bien primero, se convierten en un “haz-lo-tú-mismo”. ¡Cuidado con un cristianismo dominguero, que de lunes a sábado no pone en práctica lo que ha escuchado los domingos! Pero cuidado igualmente con un cristianismo de “los lunes”, que considera superfluo la asistencia a los cultos en domingo, porque lo importante sería un cristianismo “en la práctica”. Nuestro acto de fe solamente se produce como fruto y respuesta a la palabra de Dios proclamada.

Oír y no hacer conforme a ello: nos es descrita esa actitud con una tremenda agudeza en Ezequiel 33:30-33. El Señor dice al profeta: “En cuanto a ti, hijo de hombre, los hijos de tu pueblo se mofan de ti junto a las paredes y a las puertas de las casas” -¡los ves y los oyes hablar entre sí sobre el profeta que sabe predicar tan emocionante! -“y habla el uno con el otro, cada uno con su hermano, diciendo: “¡Venid ahora, y oíd qué palabra viene de Jehová!”. Y vienen a ti como viene el pueblo, y están delante de ti como pueblo mío.” - ¡una iglesia llena! – “Oyen tus palabras, pero no las ponen por obra, antes hacen halagos con sus bocas y el corazón de ellos anda en pos de su avaricia. Y tú eres para ellos como un cantor de amores, de hermosa voz y que canta bien. Ellos oyen tus palabras,” – y les parece todo muy bonito – “pero no las ponen por obra. Sin embargo, cuando eso llegue”- ¡la palabra profética! – “(y ya está llegando), sabrán que en medio de ellos hubo un profeta”.

El Señor Jesús compara el hombre que oye sus palabras pero no las hace, con un insensato que construye su casa sobre la arena. Cuando las lluvias vienen y los vientos soplan, aquella casa se derrumba y su ruina es grande (Mt. 7:26,27).

Y Pablo escribe: “pues no son oidores de la Ley los justos ante Dios, sino los que obedecen la Ley serán justificados” (Ro. 2:13).

De Ezequiel 33 y Mateo 7 queda muy claro que del oír de la Palabra de Dios nunca se puede decir: “Si no me hará provecho, tampoco daño”. Al contrario, si no nos hace provecho, y no nos lleva a actuar, entonces nos hará daño sin duda alguna (Jer.5:12-14). Nos engañamos cuando creemos que podemos escuchar la Palabra de Dios domingo tras domingo sin consecuencia alguna. Aunque nosotros no hagamos nada con la Palabra, la Palabra sí hace algo con nosotros, pues nos declara culpables en el juicio final. Si no permitimos que la Palabra renueve nuestra vida, nos destruirá.

“Si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, ése es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural; él se considera a sí mismo y se va, y pronto olvida cómo era”, dice Santiago con una imagen muy acertada (1:23-24).

Un hombre olvida fácilmente lo que quiere olvidar. El que se mira en el espejo es la imagen del oidor ilimitadamente superficial de la Palabra. No se produce ningún cambio en él. No llega a un conocimiento real de sí mismo, y no aprovecha tampoco los medios que Dios le ofrece para convertirse en un hombre diferente.

Cuán distinto es el testimonio de Pablo acerca de los cristianos en Éfeso: “Pero vosotros no habéis aprendido así sobre Cristo, si en verdad lo habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está corrompido por los deseos engañosos, renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:20-24).

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Cuando has llegado a conocerte en el espejo de la Palabra de Dios, tanto a ti mismo como a Cristo, se producirán milagros en tu vida, de rejuvenecimiento y cambio, de renovación y liberación.

En uno de sus libros cuenta el escritor alemán Bertolt Brecht una historia elocuente en pocas frases:

“Un hombre, que no había visto al señor K. desde hacía mucho tiempo, le saludó con las palabras: ¡Usted no ha cambiado en absoluto! Ah, dijo el señor K., y palideció”.

Santiago sigue utilizando la imagen del espejo, cuando escribe en el v. 25: “Pero el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo sino hacedor de la obra, este será bienaventurado en lo que hace”.

Como verdadero judío, Santiago llama la Palabra de Dios la Torá (Ley), que no solamente comprende los Diez Mandamientos sino todo el conjunto de los cinco libros de Moisés. Con toda probabilidad es él quien escribe el primer libro del Nuevo Testamento, y eso significa que sus lectores todavía dependían completamente del Antiguo Testamento. En la Torá, el corazón del Antiguo Testamento, veía Santiago “ley” y “evangelio” entrelazados. “La perfecta ley” es la Palabra de Dios, que nos pone y mantiene en libertad, tal como el encabezamiento de las Diez Palabras del Pacto proclama nuestra libertad, y los subsiguientes mandamientos son dados para guardarnos en esa libertad (Ex. 20:1-17).

La Palabra de Dios nos hace personas libres, libres de todo tipo de adicción, libres de la obsesión de la pobreza y libres de la obsesión de la riqueza (vv. 9-11). Quien cree que sólo es un hombre libre cuando levanta barricadas, propaga la revolución, y del capital de los ricos mete una considerable cantidad en su propio bolsillo, se engaña a sí mismo (v. 22). Sólo si Cristo nos ha liberado seremos verdaderamente libres, y bienaventurados en lo que hacemos (compárese 2:12; Jn. 8:36; Gá. 5:1; Ro. 8:2).

El “mirar atentamente” y “perseverar” en la ley (la Palabra) obviamente es lo contrario de esa mirada superficial en el espejo y olvidar cómo es uno (v.24). Aquel que sigue volviendo a la Palabra, no seguirá siendo lo que es por naturaleza, sino que llega a ser un hombre diferente.

En el v. 26 vuelve Santiago a hablar otra vez del autoengaño del oidor que nunca llega a ser hacedor. “Vana” llama él la religión de alguien que se cree muy religioso, pero no refrena la lengua (véase más adelante en la Epístola 3:1-12; 4:11,12; 5:12). Una religiosidad semejante no significa nada. Es la religiosidad del sacerdote y del levita, que unas horas antes estaban muy religiosamente ocupados en el templo, pero que luego pasan de largo cuando ven a un hombre medio muerto tirado en el camino (Lc. 10:30-32).

“La religión pura y sin mancha delante de Dios el Padre” tiene un aspecto muy diferente: “visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (v.27). Resumiendo brevemente:

hacer bien a tu prójimo (huérfano y viuda) hacer bien a ti mismo (guardarse sin mancha del mundo) y todo esto delante de Dios el Padre. Viuda y huérfano representan a todos aquellos que sufren necesidad en el mundo. Los profetas del Antiguo Testamento hacen repetidas veces un llamamiento a hacer justicia a viudas y huérfanos, ¡y justicia es algo muy distinto y mucho más que una limosna! (Is. 1:17; Jer. 5:28; Ez. 22:7; Zac. 7:10). Jesús muestra su ira para con los ricos que devoran las casas de las viudas (Lc. 20:47), y los apóstoles se preocupan

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mucho por las circunstancias de las viudas en la primera comunidad cristiana (Hch. 6:1-6).

“Guardarse sin mancha del mundo” (v.27) no tiene nada que ver con apartarse del mundo. No nos guardamos sin mancha del mundo si nos vamos lejos de este mundo y nos mantenemos al margen de los problemas que afectan al mundo de nuestro tiempo. El Señor Jesús, en su gran oración de Juan 17, no ha rogado que seamos quitados del mundo, sino que permaneciendo en el mundo y cumpliendo nuestro llamamiento, seamos guardados sin mancha del mundo (Jn. 17:11-19). Solamente si nos guardamos sin mancha del mundo, podemos significar algo para el mundo.

¿Cómo nos podríamos manchar? Cuando nos inclinamos ante los ídolos de nuestro tiempo. Para los que vivimos en el rico Occidente significa esto: dejarnos arrastrar por el espíritu, la mentalidad, el impulso de nuestro tiempo. Por el materialismo, por el egoísmo, por ambicionar una carrera, por glorificar la prosperidad, por el espíritu de la ilegalidad, por minar la autoridad, por el deseo de igualdad, que ya ni siquiera respeta la línea de separación entre Dios y el hombre. Nuestra oración continua por nosotros y por nuestros hijos debería ser: ¡oh Dios, guárdanos de la contaminación de un mundo que cada vez más se aleja de ti, y que ya no hace caso a tus mandamientos!

Lo que Santiago quiere decir con “mundo”, lo explica con una ilustración en 2:1-4: el modelo de comportamiento de un mundo que piensa en términos de poder, violencia, auto-conservación, y que da por descontado la opresión de los económicamente débiles y las minorías políticas.

Notas

7

Efectivamente, Pablo escribe que Abraham es el padre de todos los creyentes, tanto de los no circuncidados como de los circuncisos (Ro. 4:11,16; también Gá. 3:7). Pero el que dice que “la iglesia cristiana es el nuevo Israel”, corre el riesgo de olvidarse que los gentiles solamente han sido injertados en lugar de “algunas” de las ramas, y que aquellos del pueblo de Israel que no permanecen en la incredulidad, serán injertados de nuevo, por el poder de Dios (Ro.11).

8

Este versículo es clave. Si no estuviera allí, se podría decir que Santiago es un moralista. Pero todo está bajo la luz de la Palabra que da vida.

(G. van den Brink, La Epístola de Santiago, Kok, Kampen, 2002, pág.50)

9

2 Pedro 3:11-14 amonesta “a vivir santa y piadosamente, procurando con diligencia ser hallados sin mancha e irreprochables, en paz”. Vivir santamente, eso significa una contracultura: en todas las virtudes cristianas, Ef. 4:17 – 5:21. Viviendo así, seremos un ejemplo para seguir ante el mundo, y no parte de la retaguardia.

Santiago 2:1-4 y 5:1-6 tendrá, si Dios quiere, influencia en la sociedad, como ocurrió con la Epístola a Filemón. ¡Ojalá diera Dios, como en Holanda al principio del siglo XX, de nuevo allí, y también en otras partes del mundo, creyentes en gobiernos que puedan desarrollar un programa social cristiano!

10

En español, e igualmente en griego pone: “de” Dios, en lugar de “para” Dios. La razón no está clara. H.J. Jager aclara que la justicia de Dios no siempre significa una virtud o atributo de Dios; y que en Santiago 1:20 se entiende: tal justicia o vida justa, que sea aceptable a Dios.

Esto por analogía de Mateo 6:33. (Palabras Clave, FELiRe, tiene un capítulo sobre “La justicia de Dios” en la edición de 1999, página.59)

11

“implantada”: en griego “emphytos”. Grosheide traduce el v. 21: “La Palabra que se está entrelazando”. Su comentario es que es : “...una imagen consoladora, porque la inmundicia no se ha entrelazado con nosotros y puede ser desechada como uno se quita la ropa...Esa Palabra tiene la propiedad excepcional de hacerse uno, entrelazarse, con aquellos que la escuchan en fe”.

Probablemente Grosheide piensa con esta traducción en la unidad que resulta de injertar un retoño cultivado en un tronco silvestre. Una técnica que según se desprende de Romanos 11:17,24 ya era conocida en el antiguo Oriente Medio.

Pero los traductores de la Biblia en español y en otros idiomas escriben “implantado”, lo cual significa simplemente “plantar en” (la tierra). Pablo emplea un verbo con la misma raíz “phyt” en 1 Corintios 3:6, traducido por “plantar”, seguido de “regar”.

Con “implantado” no se trata de un conocimiento de Dios que es implantado en nuestra naturaleza. Porque la Palabra nos lleva a un nuevo nacimiento (que es lo que dice también Grosheide). “Se dice esto a los bienaventurados en quienes la Palabra predicada es implantada” (G. van den Brink, op.cit., pág. 55).

Hay también otro aspecto del “nacer por la palabra de verdad”, y eso es: la voluntad de Dios (v. 18). Pero en el v.21 se trata de una incitación para una actividad propia, para “recibir en mansedumbre la palabra implantada”. Puede ser que la semilla de la parábola no tenga raíz, y entonces los oyentes son “de corta duración”, o el engaño de las riquezas y las codicias de otras cosas ahogan la palabra (Mr. 4, El sembrador).

La predicación tiene que mostrar los dos aspectos. Así lo hace Pablo en su declaración en Efesios 2:6 y 8-10 por un lado; y por otro, en la amonestación en Efesios 4:25 y Colosenses 3: 5,8.