La Epístola de Santiago · La fe que actúa
Santiago 2:1–21 y 25
Contenido del capítulo
En la congregación no puede haber acepción de personas
El primer versículo del capítulo 2 está relacionado con el último versículo del capítulo 1. La división en capítulos, que no está hecha por el autor sino que se hizo más tarde, tiene poca importancia. A veces es más perjudicial que útil. Santiago animaba en 1:27 a sus lectores a guardarse sin mancha del mundo, y en 2:1 en adelante da un ejemplo de lo que es el estilo mundano, ¡un ejemplo que no ha elegido al azar!
pág. 31Llamándoles “hermanos míos” (vv. 1 y 5), Santiago les hace entender que el ejemplo que escoge tiene relación con la manera en que han de vivir la ‘hermandad’, pues advierte a sus hermanos que “su fe en el glorioso Señor sea libre de acepción de personas”.
En la iglesia de Cristo lo uno quita lo otro. El que cree en la gloria de Cristo y así lo confiesa, ¡no se deja impresionar por las pequeñas glorias humanas! La gloria del Señor (el shekiná, véase Éx.40:34,35)12, nos inmuniza contra anillos de oro y ropa espléndida (vv. 2,3).
Supongamos, dice Santiago, que en su sinagoga (porque usa realmente ese término) entra un hombre, vestido espléndidamente y con un gran anillo de oro en el dedo, - y miráis con agrado a ese hombre y le decís: siéntate tú aquí en buen lugar-, pero a un pobre decís: siéntate aquí en el suelo, - ¿no hacéis distinciones entre vosotros y venís a ser jueces con malos pensamientos?-. La traducción católica-romana de la Biblia en holandés, Willebrord, expresa la conclusión del v. 4 con estas palabras: ¿no os hacéis culpables de una discriminación malévola?
Los jueces deben juzgar sin acepción de personas, sin que tengan en cuenta la posición, la riqueza o la pobreza del acusado. En un juicio sin prejuicios tiene que estar garantizado el derecho del pobre, tanto como lo está el del rico y notable. No debemos hacer acepción de personas por su estatus, tampoco en la congregación, ¡precisamente allí menos que en cualquier otro sitio! Todo el brillo externo tiene que palidecer allá donde la gloria del Señor llena la casa de la congregación (Éx. 40:35).
“¡Hermanos míos amados, oíd! ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que lo aman? Pero vosotros habéis enfrentado al pobre” (2: 5-6).
¿Es Santiago ahora el apóstol de la revolución, como también se suele decir hoy día que María en su “Magníficat” hubiese ensalzado la revolución? (Lc.1:52-53)
Tenemos que leer meticulosamente lo que dice el texto. Santiago contrapone el juicio que emite el mundo, al juicio en el Reino de Dios, sobre personas que ocupan más o menos el último peldaño de la escalera social, y que a veces incluso viven por debajo del mínimo vital, pero que a pesar de ello no maldicen a Dios sino que lo aman. Según juzga el mundo: pobres. Pero según la medida del Reino de Dios: ¡ricos! Porque: son herederos del Reino de los cielos. ¡En la congregación no hay que tratar a los pobressegún-el-mundo como a pobres, sino como a ricos-en-el-Reino-de-Dios, es decir, con el respeto que merecen como hijos del Rey!
Dios los ha elegido, dice Santiago. También aquí tenemos que leer cuidadosamente, algo que siempre nos conviene en la lectura de las Sagradas Escrituras. Santiago no está diciendo que los pobres han sido elegidos para la gloria gracias a su pobreza, ni tampoco que los ricos pertenecen a los que son condenados por causa de su riqueza. Pues Dios ha prometido el Reino a los que lo aman (v. 5). ¡Eso es lo que viene en primer lugar! A los que aman a Dios, sean pobres o ricos. El rico Abraham era el amigo de Dios, y el rico Job amaba mucho a Dios, mujeres ricas sirvieron a Jesús con sus bienes, y el rico José de Arimatea cedió su propia tumba al Señor. Santiago escribe más: Dios ha elegido a los pobres-según-el-mundo, para que sean ricos en la fe. No porque son tan pobres, sino para que sean ricos en la fe. La causa de su elección no está en su pobreza, pero en su riqueza en la fe está la finalidad de su elección. Tal vez no tenemos que entender “elegido” tanto en términos de “la elección desde la eternidad, para la salvación eterna”. La Escritura no habla siempre en estos términos sobre la elección. Se dice de Saúl que el Señor lo ha elegido para ser rey sobre Israel, y por otro lado también Jesús es llamado el “escogido” (1S.
pág. 3210:24 y Lc. 9:35; Biblia Textual). En ninguno de los dos casos se puede pensar en “la salvación eterna para pecadores”. (Véase también Hch. 13:17 y Dt. 7:6-10). Por eso hay comentaristas de esta Epístola que evitan aquí (probablemente a propósito) la palabra “elegido”, y prefieren traducirlo por “puesto delante”, “dispuesto”, “destinado”. Y eso también tiene mucho sentido.
De cualquier forma, la intención de Santiago es mostrar el contraste entre la manera en que Dios saca al primer término a los pobres que lo aman, para hacerles ricos en fe, y la manera en que los pobres son marginados y “afrentados” en la congregación (v.6). Actuando así, se echa una sombra oscura sobre “la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a nosotros se hizo pobre, siendo rico, para que nosotros con su pobreza fuéramos enriquecidos” (2Co. 8:9).
¡Cómo relativiza Santiago aquí nuestras normas y relaciones sociales! ¡Y qué cosas nos preocupan en el mundo actual! ¿Qué sentido tiene querer ser rico en este mundo (1Ti. 6:17)? ¿Nos da beneficios? Para el joven rico era un impedimento casi insuperable para poder entrar en el Reino de Dios (Lc. 18:18-27). Entonces, ¿ser pobre nos hace gozar de la simpatía de Dios? ¿Por qué, pues, oraría Agur así: “no me des pobreza ni riquezas,…no sea que, una vez saciado, te niegue y diga: ¿Quién es Jehová?, o que, siendo pobre, robe y blasfeme contra el nombre de mi Dios” (Pr. 30:8,9).
¡No, Dios no hace acepción de personas! Porque Cristo ha dejado sus riquezas en el cielo para hacerse pobre en la tierra por nosotros, ricos y pobres, y por eso pobres pueden cambiar su pobreza, y ricos sus riquezas por la riqueza de Cristo: un tesoro en el cielo (Mt. 6:20; Lc. 18:22).
De lo que Santiago escribe a continuación se desprende que en el círculo de lectores13 los ricos actúan incluso con violencia respecto a los pobres, y los arrastran ante los tribunales. Uno se pregunta: ¿Qué puedes sacar de esos pobres?, pero quizás han venido a menos justo a causa de esos juicios. Eso fue lo que ocurrió durante el siglo XIX en la Holanda cristiana con los reformados, cuando se separaron de la Iglesia estatal reformada (que se había vuelto liberal), y que, bajo el reinado de un rey cristiano de la casa de Orange, han sido arrastrados a los tribunales, y eso sin protestas (¡al contrario!) por parte de sus “hermanos” reformados, y que han venido a menos por culpa de una serie de multas muy altas.
“Así blasfeman el buen nombre que fue invocado sobre ellos” (¡en su bautismo!) (2:7).Un sólo nombre es nuestra esperanza, la esperanza de todos nosotros, y por eso cualquier forma de discriminación en la Iglesia ensombrece ese nombre glorioso.
(2:8) “Si en verdad cumplís la Ley suprema, conforme a la Escritura: <Amarás a tu prójimo como a ti mismo>, bien hacéis”. Este mandamiento del Señor, como el gran mandamiento del amor, está por encima de la vida de todos nosotros, ricos y pobres, igual que un rey está por encima de sus súbditos y reina sobre todos, sin acepción de personas, imparcialmente. Sin embargo, si actuamos con parcialidad, nos enfrentamos a esta Ley suprema. No nos vale nada haber cumplido algún punto de la Ley, porque no estamos ante una suma de mandamiento más mandamiento, y norma más norma, sino ante Aquel que ha dicho tanto lo uno como lo otro, y que ha resumido todo en aquel único mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Ro. 13:9).
No debemos hacer distinciones entre mandamientos de la Ley, y por eso tampoco entre las personas con las que vivimos. Los mandamientos de Dios no se pueden “cumplir por separado”. Dios es uno, y su Ley es una. Así también tiene que ser nuestra vida una sola, de personas íntegras. El número “uno” es el prefijo de la fe judía, como testifica la antigua y única confesión de fe de Israel: “Oye, Israel; Jehová nuestro Dios, Jehová uno es” (Dt. 6:4).
pág. 33Hasta el día de hoy ésta ha sido la confesión de Israel, escrita en las jambas de sus puertas (según Dt. 6:9), y recitado también en los campos de concentración, cuando fueron conducidos a las cámaras de gas. El cristiano judío Santiago sigue siendo fiel a esta confesión, cuando desearía grabarla en los corazones de sus hermanos judeocristianos.
Ojalá que nuestra alma sea una, y no esté dividida; que nuestras congregaciones sean unidas y no divididas por discriminación y formación de grupos; porque el Señor nuestro Dios es uno. Y su Ley es una.
“Cualquiera que ofenda en un punto (de la Ley), se hace culpable de toda la Ley” (v. 10). Los mandamientos de Dios son como una cerca alrededor de nuestra vida redimida, con el fin de guardarnos en la salvación. Hemos sido liberados para vivir de aquí en adelante con Dios, para quedarnos cerca de Él para siempre. No importa mucho en qué punto rompamos y traspasemos la valla, porque siempre nos vamos a encontrar en el lado equivocado, más lejos en vez de más cerca de Dios. Sea el sexto mandamiento o el séptimo el que transgredimos, siempre es un fatal cruce de fronteras, (v. 11).
“Así hablad y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad” (v. 12). Es la Ley suprema (v. 8), la Ley perfecta de la libertad (1:25), que ya en su encabezamiento proclama la libertad como el gran regalo de Dios: ¡“Yo soy Jehová, tu Dios, que te saqué de casa de servidumbre”! El mismo Dios que nos ha puesto en la libertad de los hijos de Dios (Ro. 8:21), nos indica en su Ley el camino para no perder nuestra libertad, y para que en la congregación no dificultemos la libertad de cada uno y valoremos al otro. El valor del otro viene determinado por el alto precio de la sangre preciosa de Cristo, con la que todos fuimos rescatados (1P. 1:17-19).
2:13: “Recordaos”, termina Santiago esta sección de su Epístola, “que Dios hará juicio sin misericordia con aquel que no haga misericordia, y la misericordia triunfa sobre el juicio” (compárese Mt. 18:21-35). No es lógico suponer que con la tercera “misericordia” se refiriese a la misericordia de Dios. Es mucho más lógico pensar que tanto la segunda como la tercera “misericordia” se refieren a la misericordia humana, aunque, eso sí, como reflejo de la misericordia divina, que es fuente y fuerza de nuestra misericordia. El “triunfar sobre”14 lo podemos entender según lo que Jesús dijo a sus discípulos, poco antes de ser arrestado: “viene el príncipe de este mundo” – el diablo – “y él nada tiene en mí” (Jn. 14:30). Puesto que Jesús está completamente libre del pecado, el diablo no encuentra ningún punto donde engancharse, como un barco lo haría en el puerto al poste de amarre. De la misma manera, tampoco el juicio puede afectarnos, pues tanto dentro como fuera de la congregación hacemos misericordia como Dios en su gracia nos muestra misericordia.
Añadid las obras a la fe
Como introducción al comentario de esta sección de la Epístola de Santiago citamos al profesor J. de Graaf:
“Las iglesias están en crisis. Muchos creyentes ya no entienden el mensaje del Evangelio. Algunos, por solidaridad con el mundo, prefieren callarse sobre Dios y sobre Cristo, sobre la reconciliación y la redención, sobre la gracia y la fe.
La Epístola de Santiago indica otro camino. No está mal creer en Dios y en Cristo, en reconciliación y redención, y dar testimonio de ello.
Pero está mal cuando no funciona esta fe.
pág. 34Dicho de otro modo: el hombre moderno (¿y quién es ése?) no culpa a los cristianos por ser cristianos, sino porque su fe no va acompañada por obras”.
A partir del v. 14 Santiago introduce dos personajes por así decirlo, que sostienen puntos de vista opuestos. Lo hace para amenizar su discurso. A dice que tiene fe, pero no tiene obras (v. 14); B dice que tiene obras, y que está muy bien así, que uno tenga fe y el otro tenga obras (v. 18).
Uno es “fuerte” en la fe, otro es “fuerte” en las obras. ¿No se podría expresar así? ¡No podemos tenerlo todo!
Pero a continuación Santiago aclara por medio de una ilustración que la fe sin obras no sirve para nada, no salva (v.14), ¡es más, está muerta (v. 17)! ¿Para qué sirve, por ejemplo, decirle a alguien que carece de todo: “vete en paz (el conocido saludo judío shalom), caliéntate y sáciate”, - si no unamos la acción a la palabra, y no le proveemos de ropa y comida? (v. 16) ¿Qué puede comprarse ese pobre hombre por tu bonito saludo y buenos deseos?
Se trata aquí de una comparación, que no es tomada de la vida de la fe sino de la actitud ante el prójimo. El punto de comparación está en la contradicción entre decir y hacer. Santiago quiere decir que esto también se aplica a la fe. Cuando no es completada con obras, se ve que está muerta. Cuando a la fe le faltan las obras, no es solamente un “defecto estético”, sino ¡una cuestión de vida o muerte! “Si no tiene obras”, quiere decir “una fe que no se relaciona”, una fe que está muerta (v.17). La “fe en sí” es una fe introvertida, una fe aislada.
El v. 18 siempre es difícil de comentar, aunque no difícil de entender. Cuando B dice: tú tienes fe y yo tengo obras – ¿acaso no está bien repartido así? -, entonces Santiago le contesta a B con las palabras: muéstrame tu fe sin tus obras, pero yo te mostraré mi fe por mis obras.
Un buen árbol da buenos frutos (Mt. 7:17), y los frutos se pueden ver. Son la única manera de hacer visible la fe. Se muestra de una forma clara y muy hermosa en la historia del paralítico que es sanado. Sus amigos le traen a Jesús, y se esfuerzan rompiendo el techo para bajarle hasta los pies de Jesús. Y dice el texto: “al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: -Hijo, tus pecados son perdonados” (Mr. 2:5). Por lo tanto, la fe se puede ver, y se puede ver por los frutos, por las obras. La fe viva y verdadera se ve en el acto.
Queda claro entonces lo que Santiago quiere decir. Quiere decir: no puedes separar la fe de las obras y repartirlas entre dos grupos de una congregación; creyentes al estilo de María, y creyentes al estilo de Marta (Lc. 10:38 – 42). ¿Crees que Dios es uno? (v. 19) ¡Entonces esa fe también tiene que ser íntegra! ¡Esto es, una fe que incluye las obras! ¿Tú eres capaz de mostrar tu fe sin tus obras? Sin embargo, yo puedo mostrar mi fe por mis obras, dice Santiago. En seguida lo va a ilustrar con ejemplos, primero negativos, del mundo de los demonios, y luego positivos, de la historia de Israel. Estos ejemplos no son como en los vv. 15 y 16, comparaciones sacados de otro contexto, sino ejemplos reales del contexto de la fe.
“Tú crees que Dios es uno”, dice Santiago a sus hermanos judeo-cristianos, y les recuerda su propia confesión de fe judía (Dt. 6:4). “Haces bien, pero también los demonios lo creen, y tiemblan”. Si nuestra fe no es un acercamiento activo a Dios, y no nos impulsa a hacer lo que le agrada, entonces las mayores verdades de la salvación se convierten en una fuente de temor. Creer no es asentir teóricamente, no es puro conocimiento; creer es confiar en, entregarse a Dios, y a continuación hacer lo que Él dice.
pág. 35Un ejemplo impresionante del hecho que los demonios tiemblan, lo encontramos en la historia del endemoniado gadareno, cuando es sanado por Jesús (Lc. 8:26 – 39). Una fe que no produce obras que agradan a Dios es calificada como “vacía” por Santiago. Así está expresado en griego en el v. 20: “¿Pero quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es estéril?” (Biblia Textual); porque es infructuosa, no tiene efecto.
Pablo en su Epístola a Tito advierte seriamente contra una fe así de vacía: “Profesan conocer a Dios pero con los hechos lo niegan, siendo abominables y rebeldes, reprobados en cuanto a toda buena obra” (Tit.1:16).
Luego Santiago aporta dos ejemplos positivos: Abraham y Rahab.
Abraham es justificado por las obras
En su estilo vivo de diálogo pregunta Santiago a sus lectores: “¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras y que la fe se perfeccionó por las obras?”
“Nuestro padre Abraham” – recordemos a quién Santiago se dirige aquí, a los judeo-cristianos, por lo que este ejemplo habrá tenido mucho significado para ellos -, fue justificado por las obras, cuando estuvo dispuesto a ofrecer su hijo al Señor. Esa disposición contaba como hecho, y con eso le bastaba al Señor. ¡Cómo fue probada la fe de Abraham en ese momento! ¿No era Isaac el hijo de la promesa? ¿Tenía que devolverlo, después de haber tenido que esperar tantos años en vano hasta que naciera? Justo en ese punto su fe es probada: ¿depende su fe de Isaac, o de la promesa de Dios? ¡Pero bajo esa prueba tan dura (véase 1:3) su fe aguanta, sí, alcanza su máxima fuerza! Sobre todo cuando él, estando ante el altar, con su único hijo atado y tumbado encima, “pensaba que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también lo volvió a recibir” (He.11:18,19).
Abraham no se quedó meditando piadosamente en su tienda, -se puso de camino-, al monte Moriah, para hacer allí lo que Dios le había dicho. Y así alcanzó su fe efectivamente la cumbre (v. 22), y se cumplió la Palabra: “Abraham creyó a Jehová y le fue contado por justicia” (Gn. 15:6), y fue llamado “amigo de Dios” (Ex. 33:11; 2Cr. 20:7; Is. 41:8).
¡Qué nombre más hermoso: amigo de Dios! Confidente de Dios, iniciado en el plan de salvación de Dios. Más tarde Jesús llamó a sus discípulos también así: “Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre os las he dado a conocer.” Y Jesús añade: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.” (Jn. 15:14,15). Santiago no lo ha aprendido de ningún desconocido; ese vínculo fuerte entre creer y hacer: ¡lo aprendió de su propio Hermano!
La declaración que la fe de Abraham le fue contada por justicia, es quizás un poco difícil de entender para nosotros. La Epístola de Pablo a los Romanos es en realidad un gran comentario sobre ello. La fe de Abraham es razón para Dios para considerarle como “un justo”, lo que quiere decir, como alguien que cumple el requisito de esa relación de amistad especial que Dios había provisto. En Romanos 4:1-6 Pablo dice claramente qué era lo que fue decisivo para que Abraham como amigo y aliado agradara al Señor, y por lo que fue considerado justo: era por su fe. No era por las obras de la ley (Ro. 3:28). ¿No contradice Santiago ahora a Pablo, cuando dice: por Abraham ves cómo un hombre
es justificado por las obras, y no solamente por la fe (v. 24)? Pero debemos
pág. 36entender que Santiago se refiere a otro tipo de obras que Pablo. Pablo rechaza las obras de la ley (Ro. 9:32) como requisito de la justificación por Dios, y dice rotundamente: no, sólo por la fe. Pero Santiago habla de obras de fe, que no pueden faltar a una fe viva. Cuando Dios declara a Abraham justo por su fe, entonces eso es de verdad solamente por su fe en la promesa de Dios (Gn. 15:5,6).
Cuando esa fe-en-la-promesa-de-Dios-sola pasa la prueba en el acto de fe de Abraham en el monte Moriah, su justificación-por-la-fe-sola es confirmada. Dios somete a prueba y corona su propia obra en la vida de Abraham. ¿No es la fe don de Dios, para que nadie gloríe? (Ef. 2:8,9).
Así no queda nada de la controversia (muchas veces sospechada) entre Pablo y Santiago sobre este tema. Pablo ha enfatizado lo imprescindible de las obras de fe tantas veces como lo ha hecho Santiago. Escribe por ejemplo a los creyentes en Éfeso: “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe, pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas” (Ef. 2:8-10).
Así pues: por la fe, por la gracia, y en Cristo, - ¡pero eso no excluye buenas obras, obras de fe, al contrario, las incluye! ¡Fijaos lo que escribe Pablo a los cristianos de Galacia: “en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor”! (Gá.5:6).
Volviendo a lo que dice Santiago: la fe y las obras van de la mano, juntas, y no se dejan separar, porque ¿qué es lo que ocurre entonces? La fe sin obras se muere, y obras sin fe no tienen raíz, no perduran. A veces decimos de algo que “funciona”. Así ve Dios en el monte Moriah, con alegría, que la fe de Abraham no es una fe de labios o un sentimiento romántico… “funciona”, “aguanta”; como suelen decir los chicos cuando prueban el hielo después de unas noches de helada: ¡aguanta! Así es como es con la fe de Abraham: es una fe que obra. Pero – para que nadie se gloríe –, sigue siendo en su totalidad, tal y como es, una fe viva con frutos, y todo don de Dios y obra de Dios en nosotros.
Luego Santiago presenta otro ejemplo más, tomado de la historia de Israel.
Rahab fue igualmente justificada por las obras
¡Sí, Rahab, la prostituta de Jericó, mencionada en Josué 2! ¡Qué diferencia con Abraham, llamado con tanto respeto “nuestro padre! Sin embargo, también ella llegó a ser una madre en Israel, gracias a su fe, que como la fe de Abraham “funcionó” en un momento sumamente crítico de su vida y de la historia de Israel. Por eso ella es incorporada en el pueblo de Dios. Va a ser la madre de Booz, que conocemos en el libro de Rut. Os animo a que leáis el precioso final de ese libro. ¡Rahab va a ser incluso una antecesora de Jesucristo! (Mt. 1:5,6). ¿Hay una gran diferencia entre Abraham y Rahab? Pero el Espíritu Santo añade su nombre e historia a la larga lista de testigos de la fe, en Hebreos 11: “Por la fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los desobedientes, porque recibió a los espías en paz” (v. 31). Con qué fuerza ha confesado su fe, cuando los espías estaban escondidos en su casa: “Jehová, vuestro Dios, es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra” (Jos. 2:10). También creía en el futuro para Israel (Jos. 2:9), y en el poder que obra milagros del Señor (Jos. 2:10).
Y no es que solamente lo expresaba de una forma bonita, sino también actuaba conforme a su fe y su confesión. La fe capacita a esta mujer para actuar. No olvidéis que se arriesgó mucho y afrontó la venganza de sus conciudadanos por recibir y esconder al
pág. 37“enemigo” en su casa y ayudarles a escapar. ¡Eso no se lo iban a agradecer en Jericó! Pero por su fe veía cómo estaban los frentes situados de verdad. Y así vemos, igual que con Abraham y el sacrificio de Isaac, cómo su fe aumenta y crece hasta su apogeo en esa situación crítica.
De ambos ejemplos, de Abraham y de Rahab, saca Santiago la siguiente conclusión:
“Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, también la fe sin obras está muerta” (v.26). ¡Ya que no tiene ningún efecto visible!
Una pregunta, para probarnos a nosotros mismos: ¿Tiene nuestra fe alguna influencia sobre lo que hacemos?
“Con fe, conforme a la voluntad de Dios, y para su gloria”
El que ha recibido la enseñanza del Catecismo de Heidelberg reconocerá en el encabezamiento la descripción de “las buenas obras” (respuesta 91). Las buenas obras se realizan “con fe verdadera, conforme a la Ley de Dios y se aplican solamente a su gloria”.
¡Es curioso que en esta descripción no aparezca por ningún lado el prójimo! Pero claro que está incluido, a saber, en “la Ley de Dios”, porque el contenido principal de la Ley es: “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos” (Mt. 22:37-40), aunque la respuesta a la pregunta de qué son las buenas obras es formulada a la luz del primer y gran mandamiento.
Eso mismo es lo que nos llama la atención en los dos ejemplos que nos da Santiago de obras de fe, tomadas de la historia de Israel. Según el criterio humanista no eran buenas obras en absoluto: ¡querer sacrificar literalmente un niño y hacer causa común con el enemigo de tu pueblo! ¡Medido según el criterio del mundo, éstas son obras muy malas! Si Santiago hubiese mencionado como ejemplos alimentar a los hambrientos, vestir a los que no tienen ropa, y dar alojamiento a los sin techo, entonces habría contado seguramente con la aprobación de todos, cristianos o no.
Por supuesto que esas son buenas obras, a las que estamos obligados para con nuestro prójimo necesitado. Pero Jesús diría: “Estas cosas las hacen también
los gentiles. La justicia del reino de los cielos es mayor” (Mt. 6:32; 5:20). Esa justicia no está ajustada y regulada a la aprobación de todo el mundo, sino a la aprobación de Dios. Tiene además su origen en la fe, se somete a la voluntad de Dios – incluso cuando el Señor pide que hagamos cosas que a todo el mundo le parecen abominables –, y busca su gloria.
Si leemos en Hebreos 11 qué han hecho los creyentes de antaño “por la fe”, notaremos que hay bien poco de aquello que llamamos hoy día “consideración al prójimo”. Está más bien bajo el signo del cántico de Jan de Wit (un poeta holandés del siglo XX): “Por el mundo corre una Palabra
Que mueve al que la escucha: Desarmad la tienda, póngase en camino A la Tierra que Yo le indico.” Hoy día, cuando mandas a tu hijo a un colegio al otro extremo de la ciudad para recibir una educación cristiana, mientras hay un buen colegio, en la opinión de todo el mundo, en tu propia calle, pero que no es un colegio cristiano, entonces todos dirán que estás chiflado. No pueden apreciar ese tipo de “buena obra”. ¡Pero Dios sí puede! Por eso el Catecismo expresa claramente que las buenas obras no tienen su base en la
pág. 38opinión positiva de todo el mundo. ¡Nuestra motivación nunca debería ser la justificación por parte de los demás, sino por parte de Dios!
Incluso cuando el creyente hace por su fe las mismas cosas que el no creyente (por ejemplo: ayudar a los países pobres), aún así para Dios no es lo mismo, como podemos ver en Mateo 25:31-46. No os perdáis en esa porción de las Escrituras las palabras del Señor que predominan: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis (o: no hicisteis) a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis (o: no hicisteis)”.
Notas
En realidad Santiago 2:1 pone: “nuestro Señor Jesucristo de la gloria” (griego: “doxè”)
La “gloria de Jehová” es la gloria con la que el Señor vivía en medio de su pueblo en el Antiguo Testamento, manifestándose en la nube, tan llena de su gloria y tan cerca (Ex. 40:34 – 35; 1 R. 8:10 -11).
También Cristo posee esa gloria (Mt. 17:2; Jn. 12:28; 17:5; Lc. 9:34 -35; 2 Co. 4:4 -6; 2 P. 1:17), y Él quiere concedernos esa ‘doxè’ (Jn.17:22; 2 Co. 3:8,18).
(Enciclopedia Cristiana, 2ª ed. 1958, tomo III, pág.394)
Véase Introducción, párrafo “Destinatarios”. Y véase el comentario sobre el capítulo 5:1 – 6.
“Triunfar sobre” se puede traducir también como “gloriarse de” (Biblia Textual). Nuestra misericordia triunfa sobre el juicio. Es decir, nosotros podemos gloriarnos, porque por nuestra misericordia, el juicio no vino para condenación; en cuanto hacemos misericordia tanto en la congregación, como fuera de ella (Mt. 5:7).